ANDRES EN:
EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO
-VIII-
UNA CASA PARA BERNARDINO
La nave era muy grande, sin ventanas y bastante oscura. Pero no
les importó. Los padres y madres de los cinco aventureros, junto con los niños y
Bernardino, observaron el espacio con detenimiento y cada uno comenzó a decir
qué se podía hacer aquí y allí y en qué podría convertirse aquel oscuro lugar.
Bernardino les dijo:
-Acepto y agradezco todas vuestras opiniones, pero creo que ya sé
cómo me gustaría ver la nave. Lo que sí necesito es vuestra ayuda.
-¡Hecho!-dijeron todos a coro.
Comenzaron retirando todos los restos de materiales al exterior
sin tirar ninguno para poderlos utilizar en otro momento.
Una vez vacía la nave, Bernardino les dijo a los padres de sus
amigos:
-Necesito que me ayudéis ha hacer una cosa.
-Dinos qué necesitas.
-¿Veis el techo? Pues quiero, mejor dicho, necesito que justo en
el centro, se corte un trozo grande del tejado de chapa para ponerlo de cristal, como una enorme
ventana y entre así más luz.
-Necesitaríamos una grúa o unos andamios. Hummm... Hablaremos con
algunos amigos nuestros que son albañiles para que nos echen una mano-dijo el
padre de Andrés.
Se marcharon, y al momento aparecieron con refuerzos, dispuestos y
con todo lo necesario para hacer un gran tragaluz en el centro de la nave.
Bernardino estaba asombrado ante tanto ir y venir de gente de un
lado para otro.
Uno de los amigos de los padres, con la grúa y unas herramientas,
cortó unos dos metyros cuadrados del techo de chapa. Al retirarla, la nave se
inundó de luz por todos los rincones.
Bernardino estaba aún mirando al techo cuando alguien le preguntó:
-Hola, soy el cristalero. Venimos para ayudarte con el ventanal
del techo. Tomaremos medidas y te haremos el tragaluz. Por cierto, me llamo
Jesús-y le dio la mano en forma de saludo- El ventanal tendrá un sistema para
poder cerrar unas persianas que irán instaladas a la vez. En un par de días lo
tendrás listo.
Y así fue, en un par de días de auténtica locura, su nuevo hogar
parecía un autentico hormiguero en donde
entraban y salían gente, limpiando, fregando, cantando y riendo… En ese caos, vinieron
los cristaleros e instalaron el enorme ventanal. Mientras tanto, la nave estaba
quedando de punta en blanco.
Durante una semana, muchas personas se acercaron a ayudar y
colaboraron con comida, materiales, accesorios para el baño…Otros regalaron una
pequeña hornilla de butano para que se pudiera hacer de comer; otros platos,
vasos, cubiertos, cacerolas…Así, poco a poco, Bernardino se hizo con todo lo
necesario para poder vivir dignamente allí.
Una casa de muebles de la localidad, le regaló una cama de tamaño
especial para él y un par de juegos de cama. Otro, una mesa, sillas…De otras
tiendas recibió platos, vasos, cubiertos…También le regalaron toallas, jabón,
gel, champú…
Bernardino les agradeció a todos su ayuda y les dijo:
-Escuchad un momento. ¡Escuchadme todos por favor!-Se hizo el
silencio y habló- Os agradezco a todos la ayuda que me habéis prestado, pero
ahora necesito que durante unos días, no vengáis por aquí. Me gustaría
prepararos una sorpresa. De verdad. Gracias por todo.
Cuando se marcharon los que le estaban ayudando, Bernardino
regresó a su cueva, y cogió restos de cristales rotos de colores que tenía
guardados como si de una colección de cromos o de sellos se tratara. Los tenía
liados en un trapo de tela vieja y escondido para que nadie los pudiera
encontrar.
Uno a uno, los limó, para que no cortaran y les fue dando forma. A unos de estrellas, a
otros de triángulos, a otros de medias lunas, a otros de círculos, cada uno
dependiendo del tamaño del cristal y del color.
Bernardino tenía mucha imaginación. Los sujetó a cuerdas finas, de
esas transparentes, que fue colgando una a una a distinta altura desde el
hermoso tragaluz del techo para que, cuando entrara el sol, sus rayos
traspasaran cada uno de esos cristales de colores y dieran luz y color al que
ya era su nuevo hogar. Por la noche, con la luz eléctrica, también brillaran
los cristales, dándole un encanto especial al almacén.
Le costó mucho trabajo poder colocarlos, pero se animó solo por el hecho de pensar las caras que
pondrían sus nuevos amigos y sus familias.
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