jueves, 27 de octubre de 2016


DEL LIBRO: 

LA SONRISA DE SARA MAR.



CAPÍTULO 1
LA DOCTORA SARA


-Doctora, ¿está preparada?-le preguntó la enfermera que la iba a acompañar en su primer día de trabajo como Doctora.

Respiró hondo, cargando bien los pulmones de oxígeno, soltó el aire muyyyyy despacio y suspirando dijo:

-Lo estoy.

Antes de comenzar el recorrido, se terminó de abotonar su bata nueva que estrenaba para esta ocasión tan especial. Era de un blanco impoluto. Recolocó sus broches preferidos, los mismos que le habían hecho los niños cuando aún estaba en prácticas, volvió a respirar hondo, y siguió su camino.

Era su primer día de trabajo como Doctora en la planta de oncología del Hospital. Pero para ella, no era el primer día que pisaba ese Hospital, ni esa planta, ni esa ala, llevaba pasando por esos mismos pasillos y por las mismas salas desde hacía ya muchos, muchos años, quizás demasiados.

El ala de Oncología había cambiado, ya no era como ella lo recordaba. Habían reformado todo el mobiliario y la decoración. El ambiente era tan agradable, que  te hacía olvidar por un instante, el porqué estabas allí.

Las paredes del primer pasillo antes de entrar en el ala de Oncología, eran de color celeste claro compaginándolo con celeste oscuro, y en ellas, colgaban hermosos cuadros con fotografías en blanco y negro, otras a color, cuyos protagonistas eran niños y niñas, solos o acompañados, pero todos en un entorno natural maravilloso.

Había una foto de un niño, que, apoyado en la puerta de madera de una  vieja casa hecha de piedra de un pueblo, miraba embelesado como caminaba por delante una hermosa niña con un sombrero veraniego adornado con flores  que, coqueteando, se enredaba un mechón de cabello en los dedos mirando de reojo hacia él. A otro lado, había un foto que irradiaba luz, era de unos niños  que, sentados en un embarcadero de madera, jugaban en el  borde de un riachuelo con el agua, salpicándose unos a otros, y el sol que se reflejaba en el agua hacía brillar como pequeñas luces las gotas y eran tan reales, que hasta parecían de verdad.

Eran tan reales las fotos, que uno mismo era partícipe de esa aventura en el campo y en la naturaleza con aquellos niños.

Las  paredes del segundo pasillo, el que indicaba hacia donde te dirigías, también estaba pintada a rallas de celeste claro y oscuro, pero los cuadros esta vez eran diferentes, eran alegres imágenes Disney donde Mickey y Minnie bailaban bajo la mirada atenta de su inseparable amigo Pluto, que meneando la cola, estaba a punto de caer una pecera de cristal que se encontraba encima de la mesa. Un poquito más adelante, el Pato Donald trataba de esconder un tesoro, mientras que sus sobrinos, le intentaban dar alcance. Esos alegres dibujos, estaban dando una pista clara de la edad de los niños que allí se encontraban, era en PEDIATRÍA.

A pesar de su limpieza, se veía en los presentes un ambiente serio, de preocupación, son muchas las ocasiones que, como padres, han vivido esta situación, pero a pesar de ello, nunca llegan a acostumbrarse.
 Los sillones eran cómodos, quizás para hacer más llevadera la espera.

Sara vio a una madre joven, con la mirada perdida en ningún punto concreto. Su hijo, un bebé de muy pocos meses, está en la UCI. Está sola. Quizás su marido esté trabajando y no pueda acompañar a su mujer y a su hijo en tan delicados momentos.

Sara, volvió a respirar hondo, agarró el pomo de la puerta, lo giró, la empujó y entró en la sala de Oncología.

-Buenos días chicos. Soy la Doctora Sara. ¿Qué tal estáis?

Los niños, al verla aparecer, se quedaron boquiabiertos, uno de ellos estaba tan asombrado al verla, que no pudo remediar decir:

-Anda, ¡si parece Robocop!

-¡No seas bruto hombre!-le recriminó otro paciente.

Los niños estaban acostumbrados a ver a otros niños con aparatos, sin cabello, con problemas difíciles, pero nunca habían visto a una persona mayor con un aparato como los que utilizaban algunos de ellos.

-Pues no, no soy Robocop, aunque lo parezca ¡jajá jajá! Estos aparatos que llevo, los necesito para caminar y para que mi vida sea algo más fácil.

-¡Vaya! ¿Y no te duelen esos hierros?-le preguntó una  pequeña llamada Isabela.

-No, son por fuera…como un molde-le dijo la Doctora.

-Pero el molde que yo conozco es en el que hace mi madre los bizcochos-contestó otro de los niños.

-Exactamente. Tu madre coge la masa del bizcocho, lo pone en un molde para que, cuando lo meta en el horno esa masa del bizcocho, no se derrame por todos los lados ni se rompa, sino que tenga su forma y se haga correctamente.

-Entonces, ¿ahora tienes que meter las piernas en un horno grande?-dijo la pequeña Isabela.

-¡Noooooo!-contestó a carcajadas Sara -.Es solo para que los huesos de mis piernas no se vayan de su lugar. Para que mis huesos estén protegidos.

-Pero, ¿por qué tienes en las piernas esos aparatos?-le preguntó  Alex, el osado niño que le dijo que se parecía a Robocop.

-¿Queréis que os cuente por qué estoy así?

-Siiiiiiiii-dijeron todos.

-Pues mirad. Porque nací con una enfermedad llamada NEUROFIBROMATOSIS. Es un nombre muy difícil. Pero os lo explicaré mañana, cuando vuelva a visitaros. Hoy, solamente he venido para conoceros y para que vosotros me conozcáis a mí. Ahora, os tengo que dejar.

-¿Yaaaaaaaaaa?-le preguntó Isabela-. ¡Si sólo has estado un ratito chico chico!

-Sólo por hoy. Os dejo sólo por hoy. Mañana, vendré de nuevo. Ahora tengo que seguir viendo a más niños como vosotros.

Se sentía fatigada, demasiadas emociones para el primer día. Demasiados recuerdos que revoloteaban en su mente como mariposas.
 Se dirigió a la sala de descanso de los médicos, se acomodó en el sillón, cerró los ojos y comenzó a recordar su vida.




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