lunes, 24 de octubre de 2016

ANDRES EN:
EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO

-X-
LOS MIL Y UN COLORES

A las cinco en punto del viernes, estaban preparados a la puerta de la casa de Bernardino sus mejores amigos con sus familias.
Llamaron a la puerta y les abrió un Bernardino totalmente distinto. Se había afeitado, llevaba ropa nueva aunque era de segunda mano, y el pelo recogido con un coletero.
Al verlo, se quedaron sin palabras.
-Entrad, estáis en vuestra casa-les dijo apartándose a un lado para cederles el paso.
Uno a uno fueron entrando, y a la vez que entraban, la boca se les abría más y más de asombro. El sol daba por completo en el tragaluz, y al retirar la persiana que lo tapaba, los rayos  se reflejaron por cada uno de esos maravillosos cristales de colores, haciendo que la estancia se llenara de cientos de luces de  mil y un colores. 
-¡Vaaaaaaaaaaya es maravilloso!-dijeron todos sin salir aún de su asombro.
Justo debajo del tragaluz, Bernardino había preparado una mesa de las que le regalaron sus vecinos son su mantel de saco, el que puso el día que se conocieron en su cueva, y una gran merienda. Los vasos y platos, los cubiertos y las servilletas,  que también les habían regalado, estaban perfectamente colocados. En el centro de la mesa, en una botella de cristal azul que hacía las veces de florero, había un hermoso ramillete de flores silvestres, las mismas flores que Bernardino tenía en su cueva.
Se sentaron alrededor de la mesa mirando la suculenta comida y Bernardino, llenando los vasos a sus invitados con agua de su arroyo dijo:
-Amigos. Brindemos por todos vosotros. Gracias por haberme aceptado como parte de vuestras familias. Gracias por haber hecho posible que tenga mi propia casa. A todos… ¡Graciasssssss!-y levantando el vaso, brindaron.
La merienda transcurrió con normalidad. Cada uno de ellos, estaban mirando y disfrutando al ver las nuevas cosas que había hecho Bernardino en su nueva casa.
Tras acabar con todo lo que había para merendar, Bernardino cogió su trombón, y sopló con fuerza haciendo sonar una hermosa canción que, al oírla, los padres de sus amigos,  recordaron con añoranza. Era una canción de Julio Iglesias que decía así:
“Siempre hay porqué vivir, porqué luchar.
Al final, las obras quedan las gentes se van.
Otros que llegan la continuarán.
La vida sigue igual”
Los cinco amigos aventureros disfrutaron al ver a sus padres cantando y bailando aquella canción que para ellos, era tan antigua.
Antes de anochecer, se despidieron y cada uno se marchó a su casa.
Había sido una tarde muy intensa, llena de emociones y sorpresas. A Andrés esa noche le costó más de lo normal conciliar el sueño, al igual que sus amigos. Realmente, Bernardino, era una gran persona.
El sábado justo después de almorzar, los cinco aventureros se fueron a visitar a Bernardino y éste al verlos les dijo:
-Venís que ni pintado. Necesito vuestra ayuda.
-Vale, ¿Qué necesitas de nosotros?-le preguntó Roberto.
-Estoy terminando de recoger todo lo de anoche, pero aún me queda un poco y tengo que ir preparando la cita con  los demás vecinos de esta tarde.
-Bernardino, ¿te puedo hacer una pregunta?-le dijo Andrés mientras ya estaba manos a la obra recogiendo cosas.
-Ya la has hecho, pero venga pregúntame otra-le respondió bromeando.
-¿Por qué haces esto? Si invitas a tanta gente…se te pondrá todo sucio…y son muchos. Además. Te quedarás sin comida.
-No importa. Todos me han ayudado, y a todos les tengo que agradecer lo que han hecho por mí. Al carpintero, a los que me han dado muebles…; en fin, a todos tengo que agradecerles algo.
-Lo entendemos. Nosotros nos quedaremos después para ayudarte a recoger-les respondieron los cinco.
Uno cogió la escoba y el recogedor, y barrió. Otro le ayudó a poner de nuevo el mantel y los vasos, platos y cubiertos. Otro, ayudó a Bernardino con la comida. Y en un instante, ya estaba todo dispuesto para recibir a los invitados.

 Continuará...
  

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