Tiene fallos, pero lo hice antes de publicar ninguno ni de formarme como aprendiz de escritora.
Espero que os guste.
Lo escribí para la Semana Santa infantil el 19-04-2010, con todo mi cariño y admiración por aquellos pequeños de Aracena( y algunos de alrededores), que con tanto entusiasmo y respeto, representaban cada paso de su localidad.
Sobre la puerta había un cartel luminoso
que anunciaba: INMOBILIARIA.
Pero al entrar, te dabas cuenta
de que algo sucedía allí, pues no tenía el aspecto de ser una oficina en donde
iba la gente para comprar o vender casas.
Se
veían unas mesas de oficina con ordenadores, unos sillones, pero todo revuelto.
El causante de este desorden era Manuel, un niño de seis años, rubio,
con unos grandes ojos color castaño, y una
gran sonrisa tras la que se veían
unos dientes mellados hijo del dueño de la inmobiliaria, que, desde hacía días,
no paraba de insistir y convencer a su padre para que le hiciera un paso chico
y participar en la Semana Santa
infantil.
-Venga
papá. Pero ¿qué te cuesta? ¿Eh?
-Manuel,
no seas pesado, que tengo que trabajar. ¡Anda y vete a jugar con tus amigos!
Pero al momento volvía a las andadas y le repetía:
-Papá,
lo vamos ha hacer ¿verdad?
Tanto, pero tanto insistió, que su padre, al final…accedió.
Por ese motivo estaba la oficina así, toda revuelta, porque durante una
semana, la inmobiliaria se había trasformado en la casa Hdad. De Cantarrana,
cuyos miembros, se citaban allí mismo para ensayar.
Milagros, la madre de Manuel, se encargó de llamar por teléfono a las
madres de los amigos de su hijo, para que
pudieran participar en el paso. El que iban a hacer era el que sale en la madrugada del jueves al viernes Santo, el de Nuestro
Padre Jesús.
Manolo, se encargó de comprar y hacer el armazón del
paso. Eran cuatro patas de hierro, con un tablero de madera encima y sus dos trabajaderas
para cuatro costaleros.
Era el primer día de ensayo.
Allí estaban todos, a las seis en punto de la tarde, (una hora muy taurina),
puntual y preparados para comenzar los
ensayos,
aunque al principio, ni siquiera sabían de qué iban a salir.
Entonces, Manolo les dijo:
-¿Venís
dispuestos a trabajar?
Y todos asintieron con la cabeza al mismo tiempo, como si se hubieran
puesto de acuerdo.
-Vale-continuó
diciendo-Entonces, os diré de qué vais a salir en el paso. Manuel, tú irás de
capataz, porque eres el que ha tenido la idea. Andrés, tú, junto con Jorge,
Curro, Javi y Carlos, seréis los costaleros.
Era difícil explicarles las
cosas, porque no paraban de hablar y corretear de un lado para otro. Entre
medio de tanto alboroto, no se dieron cuenta de lo que le estaba sucediendo a Curro.
Estaba algo triste y enfadado,
con los brazos cruzados, en un rincón de la habitación.
Al darse todos cuenta, le preguntaron:
-¿Qué
te pasa? ¿Por qué te has puesto así? ¿Es que no te gusta la idea?- y le
zarandeaban por los brazos para animarle.
-¿Qué
qué me pasa? ¿Que qué me pasa? ¡Me pasa que no puedo estar el día que tiene que
salir el paso! ¡Eso me pasa!
-¿Cómo
que no?-le preguntó Manolo.
-¡Como
que no! Es que mis padres me llevan… ¡a la fuerza! a la comunión de un primo en
Sevilla. ¡Y tengo que ir!-y seguía enfadado, volviéndose a cruzar de brazos.
-Bueno,
no te preocupes, tú ensayas y ya está. Al menos, durante unos días te lo
pasarías bien ¿no?-dijo Andrés.
Los mellis también le animaron al igual que Jorge, y al poco ratito, ya
se le pasó el enfado.
Durante los días de ensayo, como Manolo no podía dejar la oficina
cerrada del todo, contaron con la ayuda de Jesús, el hermano de Andrés. Era
grande, de un metro ochenta más o menos, y al lado de los pequeños, parecía un
jugador de baloncesto de los que salen en la tele, ¡y eso que sólo tenía quince
años!
-¡Andaaaa,
qué grandeeee!- decían mirándole de arriba abajo.
Jesús era un gran apasionado de la Semana Santa y accedió a
ayudarles. Todos le hacían caso. Pero a la hora de hacerles el costal, cuando
acababa de montar el último, tenía que empezar otra vez por el primero, pues
jugando y probándoselos, se les quitaba, teniéndolos que hacer de nuevo, todos
los costales, y así durante un buen rato entre risas y nervios.
Fueron cinco los días que estuvieron ensayando. Cinco días en los que
no había que reñirles para que hicieran los deberes, pues los terminaban rápido
para poderse ir a la casa Hdad. Cinco días, en los que les podías pedir
cualquier cosa, que te lo hacían sin protestar con tal de no perderse el
ensayo.
El día antes de la Semana Santa
chica, por la tarde, la inmobiliaria parecía un hormiguero. Personas que iban
de un lado a otro haciendo cosas. Estaban todos los padres y madres de la
cuadrilla, dando los últimos retoques.
De los respiraderos se
encargaron los padres. Las madres, de poner las flores y adornos, las
colgaduras que ya habían cosido en los días anteriores, de color morado. El Cristo
y el Cirineo sobre el paso, con sus velas.
Era
agradable ver la situación: padres, madres e hijos participando y haciendo
cosas en el paso.
La verdad es que, los padres, disfrutaron
igual o más que los niños. Esa tarde acabaron de prepararlo todo ya bien
entrada la noche. Estaban muy nerviosos…Mañana sería el gran día…Mañana sería
la prueba final.
Se acostaron, sin protestar,
y antes de que sus madres les cerraran las puertas del dormitorio, ya estaban
dormidos.
Amaneció por fin, la noche se había
hecho larga con la espera, pero por fin amaneció, con cielo nublado y algo
fresco, un día más propio de otoño que de plena primavera.
En
las casas de los participantes, estaban todas las cosas listas. Los costales,
la ropa, el traje…
Y llegó el momento esperado. Los nervios a flor de piel.
La hora acordada para encontrarse eran las
diez y media de la mañana. El cielo seguía nublado. Durante la noche, no había
parado de llover en todo el tiempo, pero al menos ahora, no llovía, aunque, por
si acaso, los padres tenían los paraguas preparados.
Llegaron
a la vez a la inmobiliaria Andrés y su hermano Jesús con sus padres,
Jorge, con sus padres y su hermana Paula, que
también iba a participar vestida de nazarena.
Al
ver a Andrés y Jorge vestidos iguales,
su madre les dijo:
-¡Anda, si parecéis gemelos!
-Es verdad, vamos vestidos igualitos-dijo Andrés.
Y comenzaron a reírse.
Al momento, llegó Manolo con Manuel, vestido de capataz, todo
de azul. Con corbata y incluida, incluso llevaba gomina en el pelo como los
mayores, y una medalla de la
Hermandad al cuello.
Detrás,
su madre con su hermano Pepe, el pequeño que estaba intranquilo con tanto
trajín.
Después los mellis, Carlos y Javi con sus
padres, también vestidos de costaleros como Andrés y Jorge.Luego, Jose Luis, al
que le acompañó su madre, también vestido de costalero suplente.
Poco a
poco, fueron incorporándose los demás participantes de la cofradía.
Llegó
Carlos, el capataz trasero, un pequeño, alegre y divertido, también con su
corbata y bien arreglado, acompañado por su padre.
Eran las once de la mañana, y aún faltaban
componentes. Los nervios iban en aumento, las niñas de las mantillas aún no
llegaban, los que llevaban los faroles, tampoco.
El piporrero Santi, al que le acompañó su
madre, sí estaba preparado con su botijo de barro lleno de agua
-¿Y las niñas? ¡Siempre son iguales, ojú! ¡Siempre
tardando en arreglarse!-dijo Javi.
-Como no vengan, nos vamos sin ellas-protestó
Carlos.
-Nos
vamos ya- dijo Manolo- Es la hora, y no podemos retrasar más la salida.
-Venga,
¡todos preparados! Cada uno a su posición.
¡Costaleros!...
-Siiiiiii
-¡A sus puestos!-les ordenó Jesús.
-¡Cruz de guía ¡
-Si-respondió una voz tímida.
-¡Nazarenos!
-Siiii-contestó Paula colocándose bien el capirote
de nazareno.
-¡Todos preparados!- dijo Manolo.
-¡Todos preparados!-les respondieron todos.
El pistoletazo de salida, fue al tener que pasar
por la puerta de la inmoviliaria. Los padres con las cámaras de fotos
preparadas, para inmortalizar el gran momento.
La
procesión iba ya por la calle. De cada barriada, participaba un paso. El
pueblo, por un momento, se había convertido en una representación en miniatura
de la Semana Santa
grande. Costaleros, capataces. Nazarenos y piporreros. Miembros de la banda de
música con sus tambores de juguete. Hasta les acompañaba la figura del Alcalde
con su bastón de mando.
Llevaban
unos quince minutos ya en la calle, cuando por fin, llegaron las niñas de mantilla,
con sus pequeños bolsos y sus rosarios colgados de la mano, ¡y con sus tacones!
No les faltaba un detalle.
-¡Por fin estamos todos!
-¡ya era hora ¡
Se
oía a la Banda
de Cornetas y Tambores ya cerca. La
Hdad. De Cantarrana tenía su entrada en
segundo lugar.
Al
comienzo del Paseo, un arco por donde tenían que pasar todas las
cofradías participantes, para ver la destreza del
capataz al mando, y la obediencia de los costaleros.
Los padres,
conteniendo el aliento por la tensión. Manuel, muy en su papel, supo
dirigir perfectamente a su cuadrilla por el arco. Todos a una…despacio.
Llevaban
el paso por igual. Los nazarenos, la cruz de guía, Santi el piporrero, pegado
al paso, para cuando necesitaran agua los costaleros.
Todos
representando su papel a la perfección. Recorrieron el pasillo marcado con
elegancia y sin protestar, oyéndose solamente la voz de su capataz que les indicaba: “Derecha alante, izquierda
atrás”.
Cuando
hacían la parada, que, al ser mas pequeño Manuel que los costaleros, se bajaban
un poquito…con disimulo… para que pudiera llegar y dar el golpe al llamador. Y, para levantarse, les
decía:
-Javiiiii
-¡Heyyyyyyyy!
-Todos por igual… ¡A este!
Y de golpe se levantaban al mismo tiempo.
Acababa
de entrar el último paso, cuando comenzó a llover, pero a nadie le importó.
Esperaban con ansiedad la decisión del jurado.
Ya se habían retirado para deliberar. Jesús,
fue uno de ellos, pero él no podía votar a la Hdad que representaba.
La
espera se hacía eterna, cuando de pronto, salió el jurado.
Comenzaron a dar los premios, al principio, se desanimaron porque
pensaban que no conseguirían ninguno, pero al instante, dijeron:
-El premio para los mejores costaleros es…para…LA HDAD. DE CANTARRANA!
Todos,
padres, madres, e hijos comenzaron a aplaudir de alegría. Les dieron un
diploma, y algo de dinero.
-¡Dineroooooo!-dijeron saltando de alegría.
-Lo dejaremos para comprar la figura de la Virgen-dijo Manolo-
para el próximo año.
Regresaron
a la inmoviliaria, para dejar guardado
el paso. Y, cuando todo estuvo recogido, decidieron celebrarlo todos juntos,
padres, madres, e hijos, con un estupendo almuerzo. En este día, se sintieron
realmente los protagonistas de la historia.
Fue
un día muyyyyyy feliz para todos, especialmente para los niños.
Y
colorín colorado, esta hermosa historia se ha acabado.
FIN
Este cuento va dedicado a
todos los niños que participaron en la Semana
Santa chica, a lo padres y
madres, que hicieron realidad el sueño de sus hijos y lo compartieron
con ellos.
Con todo el cariño:
África Mª Sánchez
Aracena 19-Abril- 2010
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