jueves, 15 de septiembre de 2016

ANDRES EN:
EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO

-VII-
 SORPRESA MUSICAL

Durante los siguientes días, Bernardino bajaba cada mañana de su cueva para almorzar en casa de sus nuevos amigos. Cada día en una casa diferente.
Pero el sábado, los amigos quisieron sorprenderle antes a él.
-Hoy    me llevaré el trombón para enseñárselo a Bernardino-dijo Andrés.
-Yo también lo llevaré, así podremos hacer un trío de trombón-apuntó Roberto.
-¡Vaya! ¡Ya salieron los músicos!-les dijo Manuel algo serio.
-Manuel, si tú tocaras algún instrumento, no hablarías así-le dijo Guillermo al que también le apasionaba la música.
-Sí, ya lo que faltaba. ¿Es que somos bichos raros por no estar en el Aula de Música?-preguntó Jorge.
-No tíos, no pasa nada porque no toquéis ningún instrumento musical; pero si lo intentarais, si al menos lo tocarais una vez…seguro que os gustaba, al menos igual que a nosotros-les dijo Andrés-.No digáis que no os gusta algo que no habéis intentado hacer.
-Bueno venga, vámonos ya de una vez que con tanta charla, se nos hará tarde-dijo Jorge.
Continuaron andando, y al poco rato llegaron a la cueva.
-Bernardinoooooooo, Bernardinoooooooo- le llamaron a voces.
-¿Qué pasa, qué gritos son estos?-salió diciendo Bernardino.
Y al mirarlos, se sorprendió cuando los vio allí plantados como  macetas a la puerta de su cueva con los trombones.
-¿Qué estáis haciendo aquí?
-Queríamos tocar contigo una pieza musical, vamos, si no te importa-le dijo Andrés.
-¿Cómo me va a  importar? Esperad un momento, que enseguida vuelvo.
Y desapareció. Al instante se presentó con su trombón y una partitura.
-Venga, estoy listo. He traído una partitura de la película de los Chicos del Coro. A ver si os gusta.
Se sentaron, sacaron el trombón de su funda, lo limpiaron y…soplaron fuerte.
Andrés y Roberto sabían leer música, habían dado solfeo desde pequeños y no les resultó difícil seguir la partitura.
Durante un buen rato estuvieron tocando ante los ojos asombrados de Manuel, Jorge y Guillermo que, al finalizar, aplaudieron con toda su fuerza.
-¡Bravo, bravo!-decían todos.- ¡Otra, otra, otra!
-De acuerdo. Ahora vamos a tocar una más alegre. La vida es un carnaval, de Celia Cruz-dijo Bernardino-. Vosotros en clave de Sol y yo haré los cambios.
Se miraron, cogieron sus trombones de nuevo, se lo acercaron a los labios y, a una señal de Bernardino, comenzaron a soplar.
Era una canción muy alegre, y entre risas y bromas, estuvieron bailando la canción del carnaval.
-Esa le encanta a mi madre-y cantando Jorge decía-: Hay, no hay que lloraaaaar que la vida es un carnaval, y es mejor vivirla cantando lalalalalalala”.
Al oírlo sus amigos, y como no se sabían la letra, le acompañaron todos con un lalalalalalalala.
Bernardino estaba muy feliz por tener esos amigos y porque además, tocan el mismo instrumento musical que él.
La mañana transcurrió demasiado deprisa entre cantes y toques de trombón.
Mientras tanto, los padres de la pandilla, habían ido a buscar al Alcalde para pedirle que le dejaran para Bernardino, una de las naves que tenían como almacén del Ayuntamiento, y que pudiera vivir allí.
-Manuel, ¿qué te cuesta?. Bernardino es un buen chaval, vive solo y no tiene a nadie con quien hablar ni compartir cosas-le dijo el padre de Jorge al alcalde.
-Sí, además, ¿cómo te sentirías tú en su situación? Viendo como hay naves vacías y él sin un trocito de vivienda, creo que no es mucho pedir, además, no lo pedimos para nosotros, sino para una persona que lo necesita-continuó diciendo el padre de Andrés.
-Si no es por eso-respondió el alcalde-. Es porque entonces todo el mundo tendría cualquier escusa para pedirme un local.
-¿Pero cómo va a ser lo mismo?-decía el padre de Roberto y Guillermo-. Es una situación injusta y lo sabes, y debemos hacer algo al respecto, por nosotros y por nuestros hijos.
-Sí, por nuestros hijos, porque, ¿qué ejemplo les estamos dando? Si ellos ven que no intentamos hacer nada por Bernardino, les estamos enseñando que no hay que sacrificarse ni luchar por nadie. Y yo, al menos, mejor dicho, nosotros, vamos a luchar por conseguirle un techo para Bernardino-terminó diciendo el padre de Manuel.
Les costó bastante trabajo convencerlo, pero finalmente, y gracias a la insistencia de todos, accedió.
-De acuerdo-dijo por fin el alcalde-. Hay una nave que solo se utiliza para almacén, es muy grande, pero podríamos dejarle a ese joven al menos la mitad.

-¡Estupendo! ¡Lo conseguimos!-gritaron todos de alegría.
-Sólo una cosa.
-¿El qué?
-La nave está muy desordenada, y habría que acondicionarla, pero eso os toca a vosotros.
-Sin problema. Lo haremos nosotros…
 Y así lo hicieron. La historia de Bernardino se corrió como la pólvora por el pueblo y los vecinos se ofrecieron para ayudar en todo lo que pudieran.


 Continuará...

  

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