ANDRES EN:
EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO
-V I-
Y PARA COMER…
Salieron de la cueva y se sentaron sobre un llano, en donde Bernardino
colocó una tela de saco que hacia las veces de mantel.
Cada uno fue sacando las cosas que llevaba en la mochila y cada
uno, las fue poniendo sobre el improvisado mantel para, finalmente, compartir
todos los manjares que traían.
Andrés sacó sus galletas y el agua fresca. Roberto y Guillermo, la
fruta y las galletas, Jorge sacó zumos y galletas, y por ultimo Manuel, que
primero sacó unos sándwiches y después sacó un bocadillo tan, tan, tan, grande,
que pudieron comer un buen trocito de él cada uno. Al ver el bocadillo extragrande,
comenzaron a reírse todos a la vez.
-¡Tíos, no os riáis más! Que no es para mí solo, es para
compartirlo.
-No, si ha sido estupendo porque así vamos a comer todos un
poco-dijo Andrés y siguieron riendo.
Bernardino observaba la escena con entusiasmo en silencio. No se
podía creer que por fin tuviera amigos y además que estos amigos fueran tan alegres
y divertidos.
Bernardino participó en le banquete poniendo pasas que tenía en su
cueva y pan.
Durante la improvisada comida, hablaron y acosaron a preguntas al
nuevo amigo. Bernardino estaba feliz, sin importarle los millones de preguntas
que le hacían e intentando responder a cada una de ellas.
Al acabar de comer, se tumbaron panza arriba sobre la hierba
fresca ¡les encantaba hacer eso! Miraban al cielo; desde pequeños lo hacían, y
las nubes de ese día, invitaban a hacerlo.
Imaginaban figuras que
hacían las nubes, y ese día, el cielo estaba cubierto de hermosas nubes blancas
sobre un cielo celeste intenso.
Eran tan reales, que parecían de algodón. Parecía que incluso las
podías tocar con las manos. Una nube, tenía forma de conejo, otra de elefante,
otra de caballo, y había una enorme nube con forma de avión. Se imaginaban
subidos en ella sobrevolando toda la sierra.
Estaban tan a gusto sobre la hierba que podrían pasarse horas y
horas así, tumbados mirando al cielo y soñando despiertos.
Bernardino, incorporándose les dijo:
-Venid. Os enseñaré algo.
Junto a la cueva había un camino, y en el camino, unos escalones
hechos de madera al igual que el pasamanos. Los había hecho Bernardino y llevaba
derecho a un pequeño manantial que había descubierto hacía unos meses. Nadie
excepto él lo conocía.
Al ver el manantial se quedaron atónitos. Era maravilloso, como
sacado de una película de cine. Entre las rocas, corría libremente un caudal de
agua lo suficientemente grande y rápido, que, al acabar su recorrido natural,
daba un salto de más de dos metros hasta caer a un arroyo. El agua era
transparente y limpia.
Inspeccionaron con la mirada toda la zona, todo aquel paraje
natural tan hermoso, lleno de vegetación y de plantas y de unas flores tan
bonitas que ala verlas Andrés dijo:
-¡Vaaaaaaya! Si estuviera aquí mi madre, fliparía con estas
flores. Seguro que las trasplantaría para tenerlas en su jardín.
Daban ganas de bañarse en el arroyo, pero decidieron que ese no
era el momento mas oportuno.Bernardino les invitó a volver otro día con los
bañadores y darse un buen chapuzón en su manantial.
-Pero tenéis que prometerme que no se lo diréis absolutamente a
nadie. ¿De acuerdo?
-¡De acuerdo!-dijeron todos a una sola voz.
-Andrés, ni siquiera a tu madre. ¿Lo harás?
-Ok, lo haré.
Hablaron y hablaron tanto, que al cabo de un buen rato miraron el reloj, y vieron que ya era la
hora de almorzar.
Recogieron sus cosas y Andrés le dijo a Bernardino:
-Ven, vente a comer a mi casa. Te presentaré a mis padres y
comerás con nosotros ¿vale?
Bernardino estaba tan contento, que no pudo ni responder, pues era
la primera vez que alguien le invitaba a su casa. Tras pensárselo un momento, aceptó.
Atrás dejaron el colegio
abandonado y los esqueletos de gatos. Recogieron la cuerda que pusieron de
señal y comenzaron el camino de regreso, porque se les hacía tarde.
Ya cerca de sus casas, justo antes de doblar la esquina de su
calle, se encontraron en la
Placita a los padres de los cinco aventureros, las madres,
con las manos en jarra y meneando el pie.
-¡Ay mi madre! Mirad qué caras tienen todas. Verás cuando nos vean
como venimos-dijo Guillermo.
-Por lo menos una semana sin salir. Eso seguro- dijo Roberto.
-¿Una semana? ¡Mi madre me deja sin salir por lo menos dos!-dijo
Manuel.
Bernardino estaba algo preocupado por sus nuevos amigos, porque si
además lo veían con él, la riña sería aún mayor. Se quedó unos pasos por detrás
de ellos.
Los padres, al ver al gigante tan destartalado y mal vestido que
venía con sus hijos, con un trombón grande en las manos, se quedaron
paralizados. La cara les cambió a sus madres de enfado a susto.
-¡No os asustéis, es nuestro amigo!-dijo Manuel.
Se fueron acercando poco a poco hacia donde les esperaban sus
padres y le presentaron a Bernardino. Intentaron explicarles toda lo ocurrido
desde que salieron esa misma mañana de casa.
Comenzaron a hablar todos a la vez y tan, tan deprisa que sus
padres les tenían que frenar y decirles que hablaran más despacito. Intentaron
explicarle a sus padres toda la aventura completa, desde que encontraron el
esqueleto de gato, hasta la nota amenazadora, incluyendo la visita a la cueva
de Bernardino.
Uno tras otro hablaban y explicaban con gestos, con sonidos, todo
lo que habían descubierto. Había sido un fin de semana muy intenso.
Ya más relajados, decidieron todos juntos traer de sus casas algo
de comer y compartir el almuerzo con el nuevo invitado.
Bernardino, después de almorzar, sacó su trombón y deleitó a todos
con alegres melodías que los padres de los cinco aventureros acabaron bailando
hasta el anochecer.
Era divertido verles a todos bailar y canturrear acompañando a
Bernardino.
Cuando ya se marcharon a casa, y Bernardino a su cueva, exhaustos
de tantas aventuras, los padres de los cinco inseparables amigos se quedaron
hablando sobre el nuevo compañero de sus hijos. Y pensaron que algo debían de hacer para ayudarle y que
no estuviera solo.
-Desde luego es una lástima ver que vive solo ¡y en una cueva!
¡Qué pena!-, dijo preocupada la madre de Jorge.
-Sí, ¿pero qué podemos hacer nosotros?-preguntó la madre de
Manuel.
-¿Habéis visto la cara de nuestros hijos? Nunca les había visto
así de entusiasmados- comentó la madre de Andrés.
Los padres mientras tanto, observaban. Ellos hablaban menos, lo que no quería decir que no
estuvieran pensando en alguna solución.
-Mejor será que descansemos, y pensemos cada uno tranquilamente en
casa que podríamos hacer por Bernardino-continuó diciendo el padre de Andrés.
-Hasta mañana a todos.
CONTINUARÁ...
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