miércoles, 7 de septiembre de 2016

ANDRES EN:
EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO

-V I-
Y PARA COMER…

Salieron de la cueva y se sentaron sobre un llano, en donde Bernardino colocó una tela de saco que hacia las veces de mantel.
Cada uno fue sacando las cosas que llevaba en la mochila y cada uno, las fue poniendo sobre el improvisado mantel para, finalmente, compartir todos los manjares que traían.
Andrés sacó sus galletas y el agua fresca. Roberto y Guillermo, la fruta y las galletas, Jorge sacó zumos y galletas, y por ultimo Manuel, que primero sacó unos sándwiches y después sacó un bocadillo tan, tan, tan, grande, que pudieron comer un buen trocito de él cada uno. Al ver el bocadillo extragrande, comenzaron a reírse todos a la vez.

-¡Tíos, no os riáis más! Que no es para mí solo, es para compartirlo.
-No, si ha sido estupendo porque así vamos a comer todos un poco-dijo Andrés y siguieron riendo.

Bernardino observaba la escena con entusiasmo en silencio. No se podía creer que por fin tuviera amigos y además que estos amigos fueran tan alegres y divertidos.
Bernardino participó en le banquete poniendo pasas que tenía en su cueva y pan.
Durante la improvisada comida, hablaron y acosaron a preguntas al nuevo amigo. Bernardino estaba feliz, sin importarle los millones de preguntas que le hacían e intentando responder a cada una de ellas.
Al acabar de comer, se tumbaron panza arriba sobre la hierba fresca ¡les encantaba hacer eso! Miraban al cielo; desde pequeños lo hacían, y las nubes de ese día, invitaban a hacerlo.

 Imaginaban figuras que hacían las nubes, y ese día, el cielo estaba cubierto de hermosas nubes blancas sobre un cielo celeste intenso.
Eran tan reales, que parecían de algodón. Parecía que incluso las podías tocar con las manos. Una nube, tenía forma de conejo, otra de elefante, otra de caballo, y había una enorme nube con forma de avión. Se imaginaban subidos en ella sobrevolando toda la sierra.
Estaban tan a gusto sobre la hierba que podrían pasarse horas y horas así, tumbados mirando al cielo y soñando despiertos.
Bernardino, incorporándose les dijo:
-Venid. Os enseñaré algo.
Junto a la cueva había un camino, y en el camino, unos escalones hechos de madera al igual que el pasamanos. Los había hecho Bernardino y llevaba derecho a un pequeño manantial que había descubierto hacía unos meses. Nadie excepto él lo conocía.
Al ver el manantial se quedaron atónitos. Era maravilloso, como sacado de una película de cine. Entre las rocas, corría libremente un caudal de agua lo suficientemente grande y rápido, que, al acabar su recorrido natural, daba un salto de más de dos metros hasta caer a un arroyo. El agua era transparente y limpia.  
Inspeccionaron con la mirada toda la zona, todo aquel paraje natural tan hermoso, lleno de vegetación y de plantas y de unas flores tan bonitas que ala verlas Andrés dijo:
-¡Vaaaaaaya! Si estuviera aquí mi madre, fliparía con estas flores. Seguro que las trasplantaría para tenerlas en su jardín.
Daban ganas de bañarse en el arroyo, pero decidieron que ese no era el momento mas oportuno.Bernardino les invitó a volver otro día con los bañadores y darse un buen chapuzón en su manantial.
-Pero tenéis que prometerme que no se lo diréis absolutamente a nadie. ¿De acuerdo?
-¡De acuerdo!-dijeron todos a una sola voz.
-Andrés, ni siquiera a tu madre. ¿Lo harás?
-Ok, lo haré.
Hablaron y hablaron tanto, que al cabo de un buen  rato miraron el reloj, y vieron que ya era la hora de almorzar.
Recogieron sus cosas y Andrés le dijo a Bernardino:
-Ven, vente a comer a mi casa. Te presentaré a mis padres y comerás con nosotros ¿vale?
Bernardino estaba tan contento, que no pudo ni responder, pues era la primera vez que alguien le invitaba a su casa. Tras pensárselo un momento, aceptó.
 Atrás dejaron el colegio abandonado y los esqueletos de gatos. Recogieron la cuerda que pusieron de señal y comenzaron el camino de regreso, porque se les hacía tarde.
Ya cerca de sus casas, justo antes de doblar la esquina de su calle, se encontraron en la Placita a los padres de los cinco aventureros, las madres, con las manos en jarra y meneando el pie.
-¡Ay mi madre! Mirad qué caras tienen todas. Verás cuando nos vean como venimos-dijo Guillermo.
-Por lo menos una semana sin salir. Eso seguro- dijo Roberto.
-¿Una semana? ¡Mi madre me deja sin salir por lo menos dos!-dijo Manuel.
Bernardino estaba algo preocupado por sus nuevos amigos, porque si además lo veían con él, la riña sería aún mayor. Se quedó unos pasos por detrás de ellos.

Los padres, al ver al gigante tan destartalado y mal vestido que venía con sus hijos, con un trombón grande en las manos, se quedaron paralizados. La cara les cambió a sus madres de enfado a susto.
-¡No os asustéis, es nuestro amigo!-dijo Manuel.
Se fueron acercando poco a poco hacia donde les esperaban sus padres y le presentaron a Bernardino. Intentaron explicarles toda lo ocurrido desde que salieron esa misma mañana de casa.
Comenzaron a hablar todos a la vez y tan, tan deprisa que sus padres les tenían que frenar y decirles que hablaran más despacito. Intentaron explicarle a sus padres toda la aventura completa, desde que encontraron el esqueleto de gato, hasta la nota amenazadora, incluyendo la visita a la cueva de Bernardino.
Uno tras otro hablaban y explicaban con gestos, con sonidos, todo lo que habían descubierto. Había sido un fin de semana muy intenso.
Ya más relajados, decidieron todos juntos traer de sus casas algo de comer y compartir el almuerzo con el nuevo invitado.
Bernardino, después de almorzar, sacó su trombón y deleitó a todos con alegres melodías que  los padres  de los cinco aventureros acabaron bailando hasta el anochecer.
Era divertido verles a todos bailar y canturrear acompañando a Bernardino.
Cuando ya se marcharon a casa, y Bernardino a su cueva, exhaustos de tantas aventuras, los padres de los cinco inseparables amigos se quedaron hablando sobre el nuevo compañero de sus hijos. Y pensaron  que algo debían de hacer para ayudarle y que no estuviera solo.
-Desde luego es una lástima ver que vive solo ¡y en una cueva! ¡Qué pena!-, dijo preocupada la madre de Jorge.
-Sí, ¿pero qué podemos hacer nosotros?-preguntó la madre de Manuel.
-¿Habéis visto la cara de nuestros hijos? Nunca les había visto así de entusiasmados- comentó la madre de Andrés.
Los padres mientras tanto, observaban. Ellos  hablaban menos, lo que no quería decir que no estuvieran pensando en alguna solución.
-Mejor será que descansemos, y pensemos cada uno tranquilamente en casa que podríamos hacer por Bernardino-continuó diciendo el padre de Andrés.
-Hasta mañana a todos.


 CONTINUARÁ...







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