jueves, 1 de septiembre de 2016

 ANDRÉS EN: EL CASO DEL ESQUELETO DE GATO:

-V-
¿QUIÉN ANDA AHÍ?

Siguieron el rastro de esas enormes huellas que le llevaron directamente a una cueva que había unos metros más adelante. Entraron sigilosamente, pero tuvieron que encender las linternas, pues estaba demasiado oscuro. Tenían que ir agachados porque el techo era muy bajo. Iban en fila india y cogidos por el cinturón. Pero después de estar andando durante un largo tiempo… oyeron algo.

-Shhhhhhhhhhhh! Esperad un momento, escuchad-dijo Roberto, el mayor de todos, que iba en primer lugar.

Se quedaron paralizados al oír ese sonido. Todos, todos, temblaban de miedo pero aún así no querían regresar por donde habían venido. En ese punto de la investigación, les podía más la curiosidad de saber quién estaba allí que el miedo que cada uno sentía en esos momentos.

Las paredes de la cueva estaban frías, como húmedas, el suelo resbaladizo, parecía un pasadizo secreto de la Gruta de la Maravillas.

-¿Quién estará ahí abajo?-preguntó Manuel.

-¿Será el asesino de gatos?-dijo Guillermo.

Con mucho cuidado, se escondieron detrás de una roca enorme. Agudizaron el oído para ver de donde venía ese sonido. Parecía de un instrumento musical, de un instrumento de viento para ser exactos. Sí, era de viento.

 -¡Es un trombón!-dijo Andrés con entusiasmo.

Y al levantarse, se dio un buen porrazo en la cabeza.

-Roberto, ¿Quién lo estará tocando tan bien?-preguntó Andrés.

Roberto y Andrés eran compañeros de clases d trombón en el Aula de Música, por eso lo reconocieron enseguida. El trombón era su instrumento preferido.

La música seguía sonando. Era una melodía triste. El que la tocaba debía de ser una persona con mucha tristeza en su corazón.

Siguieron avanzando, muy, muy, muy despacio, para no resbalarse por la cueva. Era un pasillo estrecho y siniestro. Parecía que en cualquier momento iban a sobrevolar sobre sus cabezas cientos y cientos de murciélagos con ganas de chuparle la sangre, pero no sucedió así.

A medida que iban avanzando, la altura del techo iba siendo cada vez mayor y la música se oía cada vez más y más cerca. Estaban acercándose a la persona que tocaba el instrumento. Cuando le vieron, se quedaron atónitos, con la boca abierta de la sorpresa, porque era un  joven enooooorme.

La ropa le quedaba muy corta, tenía una camiseta de algodón por donde se le veía el ombligo y unos pantalones cortos  muy desgastados. No tenía zapatos, solo unas sandalias de playa de las que le sobresalía el talón por detrás. . El pelo más bien largo y descuidado.

A pesar de verlo tan destartalado, su aspecto era limpio y aseado.

 Cuando los oyó llegar dijo:
-¿Quién anda ahí? ¿Qué queréis, reiros de mí? ¡Dejadme en paz!    ¡Fuera de mi casa!
A todos les dio tanta pena, que contestaron sin darse cuenta:

-¡Nooooooo! Sólo seguimos la música tan bonita que se oye por toda la cueva.

Se acercaron a él poco a poco, con las manos en alto para mostrar que llevaban nada más que  las linternas y que no eran peligrosos.

Hubo un largo silencio. Andrés  decidió dar el primer paso y le preguntó:

-¿Cómo te llamas? Y, ¿qué haces aquí sólo?
El joven gigante tímidamente le contestó:

-Mi…nombre…mi nombre es…Bernardino. Vivo aquí solo, porque todo el mundo se asusta de mí. En cuanto me ven, salen corriendo al ver lo grande que soy.

La verdad es que realmente era enorme. Era tan grande que de calzado tenía que utilizar un sesenta por lo menos. Y alto, tan, tan, tan alto, que ellos, sólo les llegaba a  la cintura. Parecía una gran torre y ellos enanitos a su lado.

-¿Pero y tu familia? ¿Dónde están tus padres?-preguntó Jorge.

-Mis padres murieron en un accidente. Estoy solo en el mundo. Voy de un lugar a otro, y cuando me descubren, se asustan y tengo que irme a otro lugar. Ellos me llevaron desde muy pequeño a un Conservatorio donde aprendí música y a tocar varios instrumentos, aunque mi preferido es el trombón.

-Nosotros no hemos salido corriendo ¿no?-dijo Manuel-.Y estamos aquí contigo.

-No. Y os doy las gracias por eso, porque hace tanto tiempo que no hablo con nadie, que ya casi se me había olvidado como hacerlo-le contestó Bernardino entristecido.

Entonces Guillermo le preguntó:

-¿Sabes algo de unos esqueletos que nos hemos encontrado ahí fuera?

-Sí, me los encontré yo a la entrada de la cueva. Alguien los había dejado ahí, por eso los puse en el camino, para que quien se lo encontrara, supiera que por los alrededores había un asesino de gatos. Y dejé una nota amenazadora.

-¿La que está escrita con recortes de periódicos?-preguntó Roberto. Manuel sacó la nota de su mochila-¿Es ésta?

-La misma. Estoy deseando coger in fraganti al niño. Los periódicos, aunque los echen a la papelera, se vuelan con el viento y quedan tirados por el campo. Decidí dejarle una nota ayer cuando vi que había otro esqueleto. Quería asustarlo un poco.

-¿Síiiiiiiiiii?¿Sabes quién es? ¿De verdad?  ¿Quieeeeeeeeén?-preguntaron todos.

-Se llama Daniel, el niño más malo que he visto nunca. Le he dejado una nota al director del colegio para que lo sepa y le riña, porque un niño que trata a los animales de esa manera, cuando sea mayor no puede ser una buena persona. Pero me da tanta vergüenza presentarme allí y que me conozca…que todavía no he ido a verle.

Los cinco se miraron, asintieron y a la vez respondieron:

-Iremos  contigo, porque para eso están los amigos ¿no?

- ¿Amigos?-repitió Bernardino asombrado.

-Sí, amigos, ¿o prefieres seguir estando solo en esta cueva sin que te visite nadie?

Bernardino no se lo podía creer. Sentía dentro de su corazón como un cosquilleo, una sensación extraña de alegría y de tanta felicidad, que no podía asimilar todavía esa nueva situación de amistad. La cara triste, se le transformó por completo con una enorme sonrisa enseñando todos sus dientes blancos.
Tras insistirle la pandilla de los cinco durante un ratito, aceptó.

-Vale, iremos mañana-dijo Bernardino.

En ese momento se oyó otro sonido, pero esta vez era el de las tripas de Manuel que rugían como un tigre y dijo:
-¡Qué pasa! Es que tengo mucha hambre ya,  ¿vosotros no?

-Es verdad, hoy hemos desayunado demasiado temprano- dijo Roberto.

Claro que todos tenían  hambre. Cogieron sus mochilas y Andrés le preguntó a Bernardino:
-Bernardino, ¿podemos comer en tu cueva?

-¡Claro que sí hombre! Pero hace un día estupendo, mejor comamos fuera ¿os parece bien? Por cierto, yo no sé vuestros nombres.

-Es cierto. Yo soy Andrés.
-Y yo, Roberto.
-Yo, Guillermo.
 -Manuel.
-Y yo, Jorge.

Cada uno que iba diciendo su nombre, le daba un apretón de manos como hacen los mayores.

 CONTINUARÁ...




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