DEL LIBRO:
LA SONRISA DE SARA MAR.
CAPÍTULO 1
-Doctora,
¿está preparada?-le preguntó la enfermera que la iba a acompañar en su primer
día de trabajo como Doctora.
Respiró
hondo, cargando bien los pulmones de oxígeno, soltó el aire muyyyyy despacio y
suspirando dijo:
-Lo
estoy.
Antes
de comenzar el recorrido, se terminó de abotonar su bata nueva que estrenaba
para esta ocasión tan especial. Era de un blanco impoluto. Recolocó sus broches
preferidos, los mismos que le habían hecho los niños cuando aún estaba en
prácticas, volvió a respirar hondo, y siguió su camino.
Era
su primer día de trabajo como Doctora en la planta de oncología del Hospital.
Pero para ella, no era el primer día que pisaba ese Hospital, ni esa planta, ni
esa ala, llevaba pasando por esos mismos pasillos y por las mismas salas desde
hacía ya muchos, muchos años, quizás demasiados.
El
ala de Oncología había cambiado, ya no era como ella lo recordaba. Habían
reformado todo el mobiliario y la decoración. El ambiente era tan agradable,
que te hacía olvidar por un instante, el
porqué estabas allí.
Las
paredes del primer pasillo antes de entrar en el ala de Oncología, eran de
color celeste claro compaginándolo con celeste oscuro, y en ellas, colgaban
hermosos cuadros con fotografías en blanco y negro, otras a color, cuyos
protagonistas eran niños y niñas, solos o acompañados, pero todos en un entorno
natural maravilloso.
Había
una foto de un niño, que, apoyado en la puerta de madera de una vieja casa hecha de piedra de un pueblo,
miraba embelesado como caminaba por delante una hermosa niña con un sombrero
veraniego adornado con flores que,
coqueteando, se enredaba un mechón de cabello en los dedos mirando de reojo
hacia él. A otro lado, había un foto que irradiaba luz, era de unos niños que, sentados en un embarcadero de madera,
jugaban en el borde de un riachuelo con
el agua, salpicándose unos a otros, y el sol que se reflejaba en el agua hacía
brillar como pequeñas luces las gotas y eran tan reales, que hasta parecían de
verdad.
Eran
tan reales las fotos, que uno mismo era partícipe de esa aventura en el campo y
en la naturaleza con aquellos niños.
Las paredes del segundo pasillo, el que indicaba
hacia donde te dirigías, también estaba pintada a rallas de celeste claro y
oscuro, pero los cuadros esta vez eran diferentes, eran alegres imágenes Disney
donde Mickey y Minnie bailaban bajo la mirada atenta de su inseparable amigo
Pluto, que meneando la cola, estaba a punto de caer una pecera de cristal que
se encontraba encima de la mesa. Un poquito más adelante, el Pato Donald
trataba de esconder un tesoro, mientras que sus sobrinos, le intentaban dar
alcance. Esos alegres dibujos, estaban dando una pista clara de la edad de los
niños que allí se encontraban, era en PEDIATRÍA.
A
pesar de su limpieza, se veía en los presentes un ambiente serio, de
preocupación, son muchas las ocasiones que, como padres, han vivido esta
situación, pero a pesar de ello, nunca llegan a acostumbrarse.
Los sillones eran cómodos, quizás para hacer
más llevadera la espera.
Sara
vio a una madre joven, con la mirada perdida en ningún punto concreto. Su hijo,
un bebé de muy pocos meses, está en la UCI. Está sola. Quizás su marido esté
trabajando y no pueda acompañar a su mujer y a su hijo en tan delicados
momentos.
Sara,
volvió a respirar hondo, agarró el pomo de la puerta, lo giró, la empujó y
entró en la sala de Oncología.
-Buenos
días chicos. Soy la Doctora Sara.
¿Qué tal estáis?
Los
niños, al verla aparecer, se quedaron boquiabiertos, uno de ellos estaba tan
asombrado al verla, que no pudo remediar decir:
-Anda,
¡si parece Robocop!
-¡No
seas bruto hombre!-le recriminó otro paciente.
Los
niños estaban acostumbrados a ver a otros niños con aparatos, sin cabello, con
problemas difíciles, pero nunca habían visto a una persona mayor con un aparato
como los que utilizaban algunos de ellos.
-Pues
no, no soy Robocop, aunque lo parezca ¡jajá jajá! Estos aparatos que llevo, los
necesito para caminar y para que mi vida sea algo más fácil.
-¡Vaya!
¿Y no te duelen esos hierros?-le preguntó una
pequeña llamada Isabela.
-No,
son por fuera…como un molde-le dijo la Doctora.
-Pero
el molde que yo conozco es en el que hace mi madre los bizcochos-contestó otro
de los niños.
-Exactamente.
Tu madre coge la masa del bizcocho, lo pone en un molde para que, cuando lo
meta en el horno esa masa del bizcocho, no se derrame por todos los lados ni se
rompa, sino que tenga su forma y se haga correctamente.
-Entonces,
¿ahora tienes que meter las piernas en un horno grande?-dijo la pequeña
Isabela.
-¡Noooooo!-contestó
a carcajadas Sara -.Es solo para que los huesos de mis piernas no se vayan de
su lugar. Para que mis huesos estén protegidos.
-Pero,
¿por qué tienes en las piernas esos aparatos?-le preguntó Alex, el osado niño que le dijo que se
parecía a Robocop.
-¿Queréis
que os cuente por qué estoy así?
-Siiiiiiiii-dijeron
todos.
-Pues
mirad. Porque nací con una enfermedad llamada NEUROFIBROMATOSIS. Es un nombre
muy difícil. Pero os lo explicaré mañana, cuando vuelva a visitaros. Hoy,
solamente he venido para conoceros y para que vosotros me conozcáis a mí.
Ahora, os tengo que dejar.
-¿Yaaaaaaaaaa?-le
preguntó Isabela-. ¡Si sólo has estado un ratito chico chico!
-Sólo
por hoy. Os dejo sólo por hoy. Mañana, vendré de nuevo. Ahora tengo que seguir
viendo a más niños como vosotros.
Se
sentía fatigada, demasiadas emociones para el primer día. Demasiados recuerdos
que revoloteaban en su mente como mariposas.
Se dirigió a la sala de descanso de los
médicos, se acomodó en el sillón, cerró los ojos y comenzó a recordar su vida.