martes, 22 de noviembre de 2016


De este cuento que os presento a continuación, hace unos años, lo representaron en teatro siendo las protagonistas todas mujeres. 
Una hermosa historia donde se demuestra que no es mas rico quien mas tiene, sino quien menos necesita. Espero que os guste y que pongáis alguna opinión sobre ello.



LA CAJA DE CARTÓN


Había una vez un niño tan pobre tan pobre, que ni siquiera

tenía un juguete con el que pasar su tiempo. Pero a el, no le

importaba.

Se distraía siempre con una caja de cartón que encontró un

día con unos colores muy vivos y alegres. A veces, la caja de

convertía en un coche, otras en un cofre del tesoro, incluso, a

veces, era su caja secreta. Cada vez que jugaba con ella, se

convertía en algo distinto.


Siempre se conformaba con lo que tenía, se sentía feliz a

pesar de vivir en una familia tan pobre.

Justo al otro lado de la calle, vivía un niño muyyyyy envidioso,

y al revés que Mateo, éste cada día tenía un juguete nuevo, y cada

día, su única alegría era pensar cómo conseguiría hacer rabiar a

Mateo, su nombre Kevin.

Un día Mateo, estaba tranquilamente jugando con su caja de

cartón a la puerta de su casa, cuando pasó por delante Kevin con un

hermoso patinete último modelo, el mismo que salía en la tele; 

paró delante de él y le dijo:

-¡Mira qué patinete más chulo!... ¡Me lo ha regalado mi

padre!..¡Mira, miraaaa!

Y Mateo miró, pero inmediatamente, siguió jugando con su
caja.

Kevin, molesto, le volvió a decir:

-¡Mateo! ¡Que mires te digo!

Y volvió a mirarle, sin dejar de coger su caja, y le dijo:

-Sí es muy chula- Y volvió a jugar a los coches con su caja.

        Kevin, cada vez se estaba enfadando más, hasta se iba

poniendo colorado de rabia, porque el lo que quería era darle

envidia, y no lo conseguía.  El no entendía como Mateo se

conformaba sólo con una caja de cartón, y encima ¡se le veía feliz!,

eso sí que no lo entendía. Así que como no conseguía su propósito,

se marchaba a su casa muyyyyyy enfadado.

        Cuando estaba acostado, Kevin no paraba de darle vueltas y

vueltas a la cabeza pensando en qué podría hacer para enfadar a

Mateo, y no se le ocurría nada… al menos por ahora.

        Los días iban pasando, y cada uno de ellos, Kevin volvía a

pasar por delante de la casa de Mateo, le volvía a  obligar a que le

mirara, y al no conseguir darle envidia, se iba nuevamente a su casa

aún más enfadado que el día anterior, y todas las noches, volvía a

pensar en qué podría hacer para ver enfadado a Mateo. Hasta que

una noche, se le ocurrió una idea, ¡ya lo tenía! Iba a idear un plan

para llevarlo a cabo…lo haría al llegar el fin de semana.

Ese fin de semana, eran las fiestas del pueblo, vendría mucha

gente forastera, y si sucediera algo, le echarían las culpas a ellos y

no a los del pueblo. Se sentía contento pensando en la cara que se

le quedaría a Mateo cuando le hiciera eso que llevaba tantos días,

meses, incluso un par de años esperando.

        Toda la gente del pueblo se encontraba en el Paseo, era la

carrera de sacos del año. Padres e hijos jugaban en equipo, como

en una carreta de relevos. Mateo, participaba junto con su padre,

pero Kevin, no tenía allí a su padre, estaba en viaje de negocios.

El momento esperado se acercaba. Desde una esquina,

observaba como Mateo y su padre, se divertían juntos, cómo hacían

cosas juntos y se reían y abrazaban gritando de felicidad.

Él, en cambio,,

estaba solo, como siempre; su padre de viaje, su madre, tomando el

sol en la piscina de su casa, y él, solo.

Se deslizaba sigilosamente entre la gente hasta que

desapareció. Fue directamente hacia la casa de Mateo, ocultándose

detrás de cada farola, de cada arbusto, de cada planta para que

nadie le viera y, con mucho cuidado, entró en la casa, se fue directo

a la habitación de Mateo, sabía que la tenía allí. Cogió la caja y se la

llevó para esconderla en un lugar seguro.

Se sentía feliz por lo que había hecho, y aún más feliz cuando

pensaba en la cara que pondría al ver que su “caja” de cartón no

estaba.

Iba atardeciendo, las farolas de las calles ya alumbraban

brillantes entre banderines y farolillos. Acabaron las carreras de

sacos, y los ganadores fueron el equipo de Mateo y su padre. Ya

volvían a casa a hombros de su padre, su madre, portando el trofeo

de los ganadores. Saltaban y cantaban por el camino, cuando de

pronto, al llegar a la entrada de la casa, la madre de Mateo, notó

que alguien había estado allí, porque habían roto una maceta, y al

pisar la tierra, habían dejado huellas por los escalones de la entrada

y dijo:


-¡Mirad! ¿Quién habrá estado aquí?

        Se miraron unos a otros, y el padre, cogió un gran palo de

madera, dándole la vuelta a la casa, para ver si era un ladrón el que

había estado allí. Vio como la ventana de atrás estaba abierta.

        Entraron todos en la casa. Primero el padre, con el palo en la

mano, detrás la madre y de la mano, sujetaba a Mateo. Miraron

todo con mucho cuidado por si faltaba algo de lo poco que tenían.

La madre entonces, se acercó al bote de lata que guardaba en un

estante de la cocina, lo cogió, lo miró y suspirando dijo:

-No falta nada, menos mal.

        Se refería al dinero que poco a poco iban ahorrando para

poderle comprar el traje de comunión a su hijo. Pero mateo, fue a

su dormitorio y encima de la cama no había nada. ¡Había

desaparecido! Llamó a sus padres llorando:

-¡Papá, mamá, venid corriendo!

-¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas de esa manera?

-No está.

-¡El qué no está?

-Mi caja. No está, alguien se la ha llevado- y se echó a llorar.

        ¿Quién habría sido capaz de hacer algo así? Todos en el

pueblo sabían que para Mateo, esa caja era especial, y a nadie se le

ocurriría quitársela.

        Los padres de Mateo, salieron a buscarla por todo el pueblo, y

con toda la gente que se encontraban, le preguntaban si la habían

visto, pero nada, nadie había visto la caja. La gente que se iban

encontrando, se iban agregando al grupo para buscarla.

        Kevin estaba escondido en su casa, riéndose por lo que había

hecho, y de pronto, llamaron a la puerta.

Eran Mateo y sus padres, detrás, mucha gente.

-¿Tú has visto mi caja?- le preguntó Mateo.

-No, ¿por qué?

-Porque alguien ha entrado en mi casa y se la ha llevado.

-Y ¿quién querría una simple caja de cartón? No sé porqué venís a

mi casa a molestarme. Yo no tengo cosas viejas, todo es nuevo.

        Y se fueron muy tristes. Kevin entonces pensaba:

-Jamás la encontrarán, está en un lugar bien secreto.

        Todos en el pueblo, se preguntaban quién podría tener un

corazón tan duro para hacer algo así. No era una simple caja de

cartón, era su caja de cartón, la que le regaló su abuelo de  cuando

estuvo en la guerra de África, llena de recuerdos suyos. Por eso era

tan especial esa caja.
       
        Pasaron unos días y nadie había encontrado la caja. Kevin,
cada día y con un juguete nuevo, se acercaba a su casa y le

preguntaba con risa maliciosa como la de las hienas:

-¿Aún no la has encontrado? Pues… ¿qué pena! Y se reía en voz

baja.

Ya había pasado una semana, y el padre de Mateo, tuvo que ir

a podar todos los jardines de la casa de Kevin, su padre le había

buscado para ese trabajo y, buscando en el cuarto de herramientas

de la casa, vio algo a medio tapar con una manta que le resultó

familiar.

No era un hombre curioso, pero esta vez, tuvo un mal

presentimiento, quien tapa algo así, oculta algo.

Se acercó, lo destapó…y descubrió… ¡la caja de su hijo!

¿Quién la abría llevado hasta allí? Comenzó a analizar la situación,

empezó a recordar momentos en los que Kevin se reía de la caja de

su hijo. Y lo comprendió todo.

Había sido Kevin, por celos y por envidias, pero ¿por qué,

teniendo el todas las cosas que quisiera, necesitaba una caja vieja?

Y se le hizo la luz. Comprendió que lo que buscaba este niño  no era

la caja en realidad, era la felicidad que le daba esa caja a su hijo.

Quería ser  feliz igual que Mateo. ¿De qué le valía tener tantos

juguetes, si jugaba siempre solo? Nunca podía estar con sus padres,

nunca hacían cosas juntos.

Ahora que ya lo había comprendido todo, tenía que conseguir

que Kevin lo confesara y dijera la verdad. Mientras trabajaba,

observaba al niño, y cada vez lo tenía más claro, Kevin, lo que

quería era llamar la atención de sus padres.

Unos días después, cuando regresó el padre de Kevin de viaje,

el padre de Mateo fue ha hablar con él, pues, a pesar de las

diferencias sociales y económicas en las que se encontraban cada

uno, desde niños habían sido grandes amigos y compañeros. Le

llamó y le dijo:

-Tengo que hablar contigo.

-Vale. Ven, vamos a tomarnos una copa y hablamos, ¿qué te

sucede?

Y el padre de Mateo le contó todo lo que había sucedido. Se

quedó callado durante un momento y dijo:

-No te preocupes, esta misma tarde, tu hijo tendrá la caja, se la

llevará él mismo.

Y se despidieron.

        A Kevin le llamó su padre, le estaba esperando en el salón, y

encima de la mesa, a su lado, tenía la caja.

Se quedó mudo. Entonces, su padre le preguntó:

-¿Me puedes explicar qué hacía esta caja escondida en el cuarto de

las herramientas?

-No.

- Es vieja, así que la voy a romper, o mejor aún, la quemaré en la

chimenea, porque... ¿no vale para nada verdad?- y se dispuso a

cogerla. Kevin entonces, al ver la caja cerca de la chimenea, y el

cerillo preparado para prenderlo, gritó:

-¡No papá!¡No la rompas por favor!

-¿Por qué no?

-Porque…no es mía.

-¡Qué no es tuya? Y ¿por qué la escondías?

Entonces, Kevin ya no pudo más y se echó a llorar como un

bebé.

Le contó  a su padre porqué lo hizo y su padre, lo cogió, lo

abrazó, y dándole un gran beso, (de esos que suenan), le dijo:

-Ya he captado el mensaje. Ya no saldré tanto de viaje y jugaremos

más veces juntos. Pero a cambio, vamos a ir a casa de Mateo, le

darás su caja, le pedirás perdón, y además, le regalarás el juguete

que mas te gusta, ese patinete tan especial, o mejor aún, le

compraremos uno para que así juguéis los dos juntos cuando yo no
esté¿ te parece bien?

-Pero papá, me da mucha vergüenza ir allí.

-Yo estaré a tu lado, tranquilo. Él lo entenderá.

        Y, aunque le daba mucha vergüenza, hizo lo que su padre le

había dicho.

Mateo, como era tan bueno, le perdonó, y desde ese día,

fueron grandes amigos. Unos días jugaban con los patinetes, y

otros, con cajas de cartón inventándose grandes historias de

aventuras donde   ellos dos eran los protagonistas.

Kevin, aprendió la lección.

                                                                      






jueves, 27 de octubre de 2016


DEL LIBRO: 

LA SONRISA DE SARA MAR.



CAPÍTULO 1
LA DOCTORA SARA


-Doctora, ¿está preparada?-le preguntó la enfermera que la iba a acompañar en su primer día de trabajo como Doctora.

Respiró hondo, cargando bien los pulmones de oxígeno, soltó el aire muyyyyy despacio y suspirando dijo:

-Lo estoy.

Antes de comenzar el recorrido, se terminó de abotonar su bata nueva que estrenaba para esta ocasión tan especial. Era de un blanco impoluto. Recolocó sus broches preferidos, los mismos que le habían hecho los niños cuando aún estaba en prácticas, volvió a respirar hondo, y siguió su camino.

Era su primer día de trabajo como Doctora en la planta de oncología del Hospital. Pero para ella, no era el primer día que pisaba ese Hospital, ni esa planta, ni esa ala, llevaba pasando por esos mismos pasillos y por las mismas salas desde hacía ya muchos, muchos años, quizás demasiados.

El ala de Oncología había cambiado, ya no era como ella lo recordaba. Habían reformado todo el mobiliario y la decoración. El ambiente era tan agradable, que  te hacía olvidar por un instante, el porqué estabas allí.

Las paredes del primer pasillo antes de entrar en el ala de Oncología, eran de color celeste claro compaginándolo con celeste oscuro, y en ellas, colgaban hermosos cuadros con fotografías en blanco y negro, otras a color, cuyos protagonistas eran niños y niñas, solos o acompañados, pero todos en un entorno natural maravilloso.

Había una foto de un niño, que, apoyado en la puerta de madera de una  vieja casa hecha de piedra de un pueblo, miraba embelesado como caminaba por delante una hermosa niña con un sombrero veraniego adornado con flores  que, coqueteando, se enredaba un mechón de cabello en los dedos mirando de reojo hacia él. A otro lado, había un foto que irradiaba luz, era de unos niños  que, sentados en un embarcadero de madera, jugaban en el  borde de un riachuelo con el agua, salpicándose unos a otros, y el sol que se reflejaba en el agua hacía brillar como pequeñas luces las gotas y eran tan reales, que hasta parecían de verdad.

Eran tan reales las fotos, que uno mismo era partícipe de esa aventura en el campo y en la naturaleza con aquellos niños.

Las  paredes del segundo pasillo, el que indicaba hacia donde te dirigías, también estaba pintada a rallas de celeste claro y oscuro, pero los cuadros esta vez eran diferentes, eran alegres imágenes Disney donde Mickey y Minnie bailaban bajo la mirada atenta de su inseparable amigo Pluto, que meneando la cola, estaba a punto de caer una pecera de cristal que se encontraba encima de la mesa. Un poquito más adelante, el Pato Donald trataba de esconder un tesoro, mientras que sus sobrinos, le intentaban dar alcance. Esos alegres dibujos, estaban dando una pista clara de la edad de los niños que allí se encontraban, era en PEDIATRÍA.

A pesar de su limpieza, se veía en los presentes un ambiente serio, de preocupación, son muchas las ocasiones que, como padres, han vivido esta situación, pero a pesar de ello, nunca llegan a acostumbrarse.
 Los sillones eran cómodos, quizás para hacer más llevadera la espera.

Sara vio a una madre joven, con la mirada perdida en ningún punto concreto. Su hijo, un bebé de muy pocos meses, está en la UCI. Está sola. Quizás su marido esté trabajando y no pueda acompañar a su mujer y a su hijo en tan delicados momentos.

Sara, volvió a respirar hondo, agarró el pomo de la puerta, lo giró, la empujó y entró en la sala de Oncología.

-Buenos días chicos. Soy la Doctora Sara. ¿Qué tal estáis?

Los niños, al verla aparecer, se quedaron boquiabiertos, uno de ellos estaba tan asombrado al verla, que no pudo remediar decir:

-Anda, ¡si parece Robocop!

-¡No seas bruto hombre!-le recriminó otro paciente.

Los niños estaban acostumbrados a ver a otros niños con aparatos, sin cabello, con problemas difíciles, pero nunca habían visto a una persona mayor con un aparato como los que utilizaban algunos de ellos.

-Pues no, no soy Robocop, aunque lo parezca ¡jajá jajá! Estos aparatos que llevo, los necesito para caminar y para que mi vida sea algo más fácil.

-¡Vaya! ¿Y no te duelen esos hierros?-le preguntó una  pequeña llamada Isabela.

-No, son por fuera…como un molde-le dijo la Doctora.

-Pero el molde que yo conozco es en el que hace mi madre los bizcochos-contestó otro de los niños.

-Exactamente. Tu madre coge la masa del bizcocho, lo pone en un molde para que, cuando lo meta en el horno esa masa del bizcocho, no se derrame por todos los lados ni se rompa, sino que tenga su forma y se haga correctamente.

-Entonces, ¿ahora tienes que meter las piernas en un horno grande?-dijo la pequeña Isabela.

-¡Noooooo!-contestó a carcajadas Sara -.Es solo para que los huesos de mis piernas no se vayan de su lugar. Para que mis huesos estén protegidos.

-Pero, ¿por qué tienes en las piernas esos aparatos?-le preguntó  Alex, el osado niño que le dijo que se parecía a Robocop.

-¿Queréis que os cuente por qué estoy así?

-Siiiiiiiii-dijeron todos.

-Pues mirad. Porque nací con una enfermedad llamada NEUROFIBROMATOSIS. Es un nombre muy difícil. Pero os lo explicaré mañana, cuando vuelva a visitaros. Hoy, solamente he venido para conoceros y para que vosotros me conozcáis a mí. Ahora, os tengo que dejar.

-¿Yaaaaaaaaaa?-le preguntó Isabela-. ¡Si sólo has estado un ratito chico chico!

-Sólo por hoy. Os dejo sólo por hoy. Mañana, vendré de nuevo. Ahora tengo que seguir viendo a más niños como vosotros.

Se sentía fatigada, demasiadas emociones para el primer día. Demasiados recuerdos que revoloteaban en su mente como mariposas.
 Se dirigió a la sala de descanso de los médicos, se acomodó en el sillón, cerró los ojos y comenzó a recordar su vida.




Uno de mis primeros cuentos que escribí y que no ha salido a la luz.
 Tiene fallos, pero lo hice antes de publicar ninguno ni de formarme como aprendiz de escritora. 
Espero que os guste.
Lo escribí para la Semana Santa infantil el 19-04-2010, con todo mi cariño y admiración por aquellos pequeños de Aracena( y algunos de alrededores), que con tanto entusiasmo y respeto, representaban cada paso de su localidad.


LA SEMANA SANTA CHICA



     Sobre la puerta había un cartel luminoso que anunciaba: INMOBILIARIA.

 Pero al entrar, te dabas cuenta de que algo sucedía allí, pues no tenía el aspecto de ser una oficina en donde iba la gente para comprar o vender casas.

Se veían unas mesas de oficina con ordenadores, unos sillones, pero todo revuelto.
El causante de este desorden era Manuel, un niño de seis años, rubio, con unos grandes ojos color castaño, y una  gran sonrisa tras  la que se veían unos dientes mellados hijo del dueño de la inmobiliaria, que, desde hacía días, no paraba de insistir y convencer a su padre para que le hiciera un paso chico y participar en la Semana Santa infantil.

-Venga papá. Pero ¿qué te cuesta? ¿Eh?

-Manuel, no seas pesado, que tengo que trabajar. ¡Anda y vete a jugar con tus amigos!

Pero al momento volvía a las andadas y le repetía:

-Papá, lo vamos ha hacer ¿verdad?

Tanto, pero tanto insistió, que su padre, al final…accedió.

Por ese motivo estaba la oficina así, toda revuelta, porque durante una semana, la inmobiliaria se había trasformado en la casa Hdad. De Cantarrana, cuyos miembros, se citaban allí mismo para ensayar.

Milagros, la madre de Manuel, se encargó de llamar por teléfono a las madres de  los amigos de su hijo, para que pudieran participar en el paso. El que iban a hacer era el que sale en la madrugada del jueves al viernes Santo, el de Nuestro Padre Jesús.

Manolo,  se encargó de comprar y hacer el armazón del paso. Eran cuatro patas de hierro, con un tablero de madera encima y sus dos trabajaderas para cuatro costaleros.

      
 Era el primer día de ensayo. Allí estaban todos, a las seis en punto de la tarde, (una hora muy taurina), puntual y preparados para comenzar los
ensayos, aunque al principio, ni siquiera sabían de qué iban a salir.

Entonces, Manolo les dijo:

-¿Venís dispuestos a trabajar?

Y todos asintieron con la cabeza al mismo tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo.

-Vale-continuó diciendo-Entonces, os diré de qué vais a salir en el paso. Manuel, tú irás de capataz, porque eres el que ha tenido la idea. Andrés, tú, junto con Jorge, Curro, Javi y Carlos, seréis los costaleros.
                                                                                             
Era  difícil explicarles las cosas, porque no paraban de hablar y corretear de un lado para otro. Entre medio de tanto alboroto, no se dieron cuenta de lo que le estaba  sucediendo a Curro.

Estaba  algo triste y enfadado, con los brazos cruzados, en un rincón de la habitación.

 Al darse todos cuenta, le preguntaron:


-¿Qué te pasa? ¿Por qué te has puesto así? ¿Es que no te gusta la idea?- y le zarandeaban por los brazos para animarle.

-¿Qué qué me pasa? ¿Que qué me pasa? ¡Me pasa que no puedo estar el día que tiene que salir el paso! ¡Eso me pasa!

-¿Cómo que no?-le preguntó Manolo.

-¡Como que no! Es que mis padres me llevan… ¡a la fuerza! a la comunión de un primo en Sevilla. ¡Y tengo que ir!-y seguía enfadado, volviéndose a cruzar de brazos.

-Bueno, no te preocupes, tú ensayas y ya está. Al menos, durante unos días te lo pasarías bien ¿no?-dijo Andrés.

Los mellis también le animaron al igual que Jorge, y al poco ratito, ya se le pasó el enfado.

Durante los días de ensayo, como Manolo no podía dejar la oficina cerrada del todo, contaron con la ayuda de Jesús, el hermano de Andrés. Era grande, de un metro ochenta más o menos, y al lado de los pequeños, parecía un jugador de baloncesto de los que salen en la tele, ¡y eso que sólo tenía quince años!

-¡Andaaaa, qué grandeeee!- decían mirándole de arriba abajo.

Jesús era un gran apasionado de la Semana Santa y accedió a ayudarles. Todos le hacían caso. Pero a la hora de hacerles el costal, cuando acababa de montar el último, tenía que empezar otra vez por el primero, pues jugando y probándoselos, se les quitaba, teniéndolos que hacer de nuevo, todos los costales, y así durante un buen rato entre risas y nervios.


Fueron cinco los días que estuvieron ensayando. Cinco días en los que no había que reñirles para que hicieran los deberes, pues los terminaban rápido para poderse ir a la casa Hdad. Cinco días, en los que les podías pedir cualquier cosa, que te lo hacían sin protestar con tal de no perderse el ensayo.

El día antes de la Semana Santa chica, por la tarde, la inmobiliaria parecía un hormiguero. Personas que iban de un lado a otro haciendo cosas. Estaban todos los padres y madres de la cuadrilla, dando los últimos retoques.

    De los respiraderos se encargaron los padres. Las madres, de poner las flores y adornos, las colgaduras que ya habían cosido en los días anteriores, de color morado. El Cristo y el Cirineo sobre el paso, con sus velas.

            Era agradable ver la situación: padres, madres e hijos participando y haciendo cosas en el paso.
                                                                      
             La verdad es que, los padres, disfrutaron igual o más que los niños. Esa tarde acabaron de prepararlo todo ya bien entrada la noche. Estaban muy nerviosos…Mañana sería el gran día…Mañana sería la prueba final.

    Se acostaron, sin protestar, y antes de que sus madres les cerraran las puertas del dormitorio, ya estaban dormidos.
   
            Amaneció por fin, la noche se había hecho larga con la espera, pero por fin amaneció, con cielo nublado y algo fresco, un día más propio de otoño que de plena primavera.

            En las casas de los participantes, estaban todas las cosas listas. Los costales, la ropa, el traje…
Y llegó el momento esperado.  Los nervios a flor de piel.
 
   La hora acordada para encontrarse eran las diez y media de la mañana. El cielo seguía nublado. Durante la noche, no había parado de llover en todo el tiempo, pero al menos ahora, no llovía, aunque, por si acaso, los padres tenían los paraguas preparados.

    Llegaron a la vez a la inmobiliaria Andrés y su hermano Jesús con sus padres,

Jorge, con sus padres y su hermana Paula, que también iba a participar vestida de nazarena.

Al ver a  Andrés y Jorge vestidos iguales, su madre les dijo:

-¡Anda, si parecéis gemelos!

-Es verdad, vamos vestidos igualitos-dijo Andrés.

Y comenzaron a reírse.
    
 Al momento, llegó  Manolo con Manuel, vestido de capataz, todo de azul. Con corbata y incluida, incluso llevaba gomina en el pelo como los mayores, y una medalla de la Hermandad al cuello.

Detrás, su madre con su hermano Pepe, el pequeño que estaba intranquilo con tanto trajín.
   
  Después los mellis, Carlos y Javi con sus padres, también vestidos de costaleros como Andrés y Jorge.Luego, Jose Luis, al que le acompañó su madre, también vestido de costalero suplente.

    Poco a poco, fueron incorporándose los demás participantes de la cofradía.

Llegó Carlos, el capataz trasero, un pequeño, alegre y divertido, también con su corbata y bien arreglado, acompañado por su padre.

 Eran las once de la mañana, y aún faltaban componentes. Los nervios iban en aumento, las niñas de las mantillas aún no llegaban, los que llevaban los faroles, tampoco.

 El piporrero Santi, al que le acompañó su madre, sí estaba preparado con su botijo de barro lleno de agua

-¿Y las niñas? ¡Siempre son iguales, ojú! ¡Siempre tardando en arreglarse!-dijo Javi.

-Como no vengan, nos vamos sin ellas-protestó Carlos.

-Nos vamos ya- dijo Manolo- Es la hora, y no podemos retrasar más la salida.

-Venga, ¡todos preparados! Cada uno a su posición.

¡Costaleros!...

-Siiiiiii

-¡A sus puestos!-les ordenó Jesús.

-¡Cruz de guía ¡

-Si-respondió una voz tímida.

-¡Nazarenos!
                                                                                             
-Siiii-contestó Paula colocándose bien el capirote de nazareno.

-¡Todos preparados!- dijo Manolo.

-¡Todos preparados!-les respondieron todos.

El pistoletazo de salida, fue al tener que pasar por la puerta de la inmoviliaria. Los padres con las cámaras de fotos preparadas, para inmortalizar el gran momento.

La procesión iba ya por la calle. De cada barriada, participaba un paso. El pueblo, por un momento, se había convertido en una representación en miniatura de la Semana Santa grande. Costaleros, capataces. Nazarenos y piporreros. Miembros de la banda de música con sus tambores de juguete. Hasta les acompañaba la figura del Alcalde con su bastón de mando.

            Llevaban unos quince minutos ya en la calle, cuando por fin, llegaron las niñas de mantilla, con sus pequeños bolsos y sus rosarios colgados de la mano, ¡y con sus tacones! No les faltaba un detalle.

-¡Por fin estamos todos!

-¡ya era hora ¡
           
Se oía a la Banda de Cornetas y Tambores ya cerca.  La Hdad. De Cantarrana tenía su entrada en segundo lugar.

Al comienzo del Paseo, un arco por donde tenían que pasar todas las

cofradías participantes, para ver la destreza del capataz al mando, y la obediencia de los costaleros.
                                                                                 
   Los padres,  conteniendo el aliento por la tensión. Manuel, muy en su papel, supo dirigir perfectamente a su cuadrilla por el arco. Todos a una…despacio.




Llevaban el paso por igual. Los nazarenos, la cruz de guía, Santi el piporrero, pegado al paso, para cuando necesitaran agua los costaleros.

Todos representando su papel a la perfección. Recorrieron el pasillo marcado con elegancia y sin protestar, oyéndose solamente la voz de su capataz  que les indicaba: “Derecha alante, izquierda atrás”.


Cuando hacían la parada, que, al ser mas pequeño Manuel que los costaleros, se bajaban un poquito…con disimulo… para que pudiera llegar y dar  el golpe al llamador. Y, para levantarse, les decía:

-Javiiiii

-¡Heyyyyyyyy!

-Todos por igual… ¡A este!

Y de golpe se levantaban al mismo tiempo.

Acababa de entrar el último paso, cuando comenzó a llover, pero a nadie le importó. Esperaban con ansiedad la decisión del jurado.
 
  Ya se habían retirado para deliberar. Jesús, fue uno de ellos, pero él no podía votar a la Hdad que representaba.

La espera se hacía eterna, cuando de pronto, salió el jurado.

    Comenzaron a dar los premios, al principio, se desanimaron porque pensaban que no conseguirían ninguno, pero al instante, dijeron:

-El premio para los mejores costaleros es…para…LA HDAD. DE CANTARRANA!
                                                                                             
    Todos, padres, madres, e hijos comenzaron a aplaudir de alegría. Les dieron un diploma, y algo de dinero.

-¡Dineroooooo!-dijeron saltando de alegría.

-Lo dejaremos para comprar la figura de la Virgen-dijo Manolo- para el próximo año.

Regresaron a la inmoviliaria, para dejar  guardado el paso. Y, cuando todo estuvo recogido, decidieron celebrarlo todos juntos, padres, madres, e hijos, con un estupendo almuerzo. En este día, se  sintieron  realmente los protagonistas de la historia.

Fue un día muyyyyyy feliz para todos, especialmente para los niños.

    Y colorín colorado, esta hermosa historia se ha acabado.
                                                                         

FIN




Este cuento va dedicado a todos los niños que participaron en la Semana Santa chica, a lo padres y  madres, que hicieron realidad el sueño de sus hijos y lo compartieron con ellos.
Con todo el cariño:
África Mª Sánchez

Aracena 19-Abril- 2010
           









De este cuento que os presento a continuación, hace unos años, lo representaron en teatro siendo las protagonistas todas mujeres.  Una ...