Había
una vez un niño tan pobre tan pobre, que ni siquiera
tenía un juguete con
el que pasar su tiempo. Pero a el, no le
importaba.
Se
distraía siempre con una caja de cartón que encontró un
día con unos colores
muy vivos y alegres. A veces, la caja de
convertía en un
coche, otras en un cofre del tesoro, incluso, a
veces, era su caja
secreta. Cada vez que jugaba con ella, se
convertía en algo
distinto.
Siempre
se conformaba con lo que tenía, se sentía feliz a
pesar de vivir en
una familia tan pobre.
Justo
al otro lado de la calle, vivía un niño muyyyyy envidioso,
y al revés que
Mateo, éste cada día tenía un juguete nuevo, y cada
día, su única
alegría era pensar cómo conseguiría hacer rabiar a
Mateo, su nombre Kevin.
Un día
Mateo, estaba tranquilamente jugando con su caja de
cartón a la puerta
de su casa, cuando pasó por delante Kevin con un
hermoso patinete
último modelo, el mismo que salía en la tele;
paró delante de él y
le dijo:
-¡Mira qué patinete
más chulo!... ¡Me lo ha regalado mi
padre!..¡Mira,
miraaaa!
Y Mateo
miró, pero inmediatamente, siguió jugando con su
caja.
Kevin, molesto, le
volvió a decir:
-¡Mateo! ¡Que mires
te digo!
Y volvió a mirarle,
sin dejar de coger su caja, y le dijo:
-Sí es muy chula- Y
volvió a jugar a los coches con su caja.
Kevin, cada vez se estaba enfadando más,
hasta se iba
poniendo colorado de
rabia, porque el lo que quería era darle
envidia, y no lo
conseguía. El no entendía como Mateo se
conformaba sólo con
una caja de cartón, y encima ¡se le veía feliz!,
eso sí que no lo
entendía. Así que como no conseguía su propósito,
se marchaba a su
casa muyyyyyy enfadado.
Cuando estaba acostado, Kevin no paraba
de darle vueltas y
vueltas a la cabeza
pensando en qué podría hacer para enfadar a
Mateo, y no se le
ocurría nada… al menos por ahora.
Los días iban pasando, y cada uno de
ellos, Kevin volvía a
pasar por delante de
la casa de Mateo, le volvía a obligar a
que le
mirara, y al no
conseguir darle envidia, se iba nuevamente a su casa
aún más enfadado que
el día anterior, y todas las noches, volvía a
pensar en qué podría
hacer para ver enfadado a Mateo. Hasta que
una noche, se le
ocurrió una idea, ¡ya lo tenía! Iba a idear un plan
para llevarlo a
cabo…lo haría al llegar el fin de semana.
Ese fin
de semana, eran las fiestas del pueblo, vendría mucha
gente forastera, y
si sucediera algo, le echarían las culpas a ellos y
no a los del pueblo.
Se sentía contento pensando en la cara que se
le quedaría a Mateo
cuando le hiciera eso que llevaba tantos días,
meses, incluso un
par de años esperando.
Toda la gente del pueblo se encontraba
en el Paseo, era la
carrera de sacos del
año. Padres e hijos jugaban en equipo, como
en una carreta de relevos.
Mateo, participaba junto con su padre,
pero Kevin, no tenía
allí a su padre, estaba en viaje de negocios.
El
momento esperado se acercaba. Desde una esquina,
observaba como Mateo
y su padre, se divertían juntos, cómo hacían
cosas juntos y se
reían y abrazaban gritando de felicidad.
Él, en cambio,,
estaba solo, como
siempre; su padre de viaje, su madre, tomando el
sol en la piscina de
su casa, y él, solo.
Se
deslizaba sigilosamente entre la gente hasta que
desapareció. Fue
directamente hacia la casa de Mateo, ocultándose
detrás de cada
farola, de cada arbusto, de cada planta para que
nadie le viera y,
con mucho cuidado, entró en la casa, se fue directo
a la habitación de
Mateo, sabía que la tenía allí. Cogió la caja y se la
llevó para
esconderla en un lugar seguro.
Se
sentía feliz por lo que había hecho, y aún más feliz cuando
pensaba en la cara
que pondría al ver que su “caja” de cartón no
estaba.
Iba
atardeciendo, las farolas de las calles ya alumbraban
brillantes entre
banderines y farolillos. Acabaron las carreras de
sacos, y los
ganadores fueron el equipo de Mateo y su padre. Ya
volvían a casa a
hombros de su padre, su madre, portando el trofeo
de los ganadores.
Saltaban y cantaban por el camino, cuando de
pronto, al llegar a
la entrada de la casa, la madre de Mateo, notó
que alguien había
estado allí, porque habían roto una maceta, y al
pisar la tierra,
habían dejado huellas por los escalones de la entrada
y dijo:
-¡Mirad! ¿Quién
habrá estado aquí?
Se miraron unos a otros, y el padre,
cogió un gran palo de
madera, dándole la
vuelta a la casa, para ver si era un ladrón el que
había estado allí.
Vio como la ventana de atrás estaba abierta.
Entraron todos en la casa. Primero el
padre, con el palo en la
mano, detrás la
madre y de la mano, sujetaba a Mateo. Miraron
todo con mucho
cuidado por si faltaba algo de lo poco que tenían.
La madre entonces,
se acercó al bote de lata que guardaba en un
estante de la cocina,
lo cogió, lo miró y suspirando dijo:
-No falta nada,
menos mal.
Se refería al dinero que poco a poco
iban ahorrando para
poderle comprar el
traje de comunión a su hijo. Pero mateo, fue a
su dormitorio y
encima de la cama no había nada. ¡Había
desaparecido! Llamó
a sus padres llorando:
-¡Papá, mamá, venid
corriendo!
-¿Qué te pasa? ¿Por
qué gritas de esa manera?
-No está.
-¡El qué no está?
-Mi caja. No está,
alguien se la ha llevado- y se echó a llorar.
¿Quién habría sido capaz de hacer algo
así? Todos en el
pueblo sabían que
para Mateo, esa caja era especial, y a nadie se le
ocurriría
quitársela.
Los padres de Mateo, salieron a buscarla
por todo el pueblo, y
con toda la gente
que se encontraban, le preguntaban si la habían
visto, pero nada,
nadie había visto la caja. La gente que se iban
encontrando, se iban
agregando al grupo para buscarla.
Kevin estaba escondido en su casa,
riéndose por lo que había
hecho, y de pronto,
llamaron a la puerta.
Eran Mateo y sus
padres, detrás, mucha gente.
-¿Tú has visto mi
caja?- le preguntó Mateo.
-No, ¿por qué?
-Porque alguien ha
entrado en mi casa y se la ha llevado.
-Y ¿quién querría
una simple caja de cartón? No sé porqué venís a
mi casa a
molestarme. Yo no tengo cosas viejas, todo es nuevo.
Y se fueron muy tristes. Kevin entonces
pensaba:
-Jamás la encontrarán,
está en un lugar bien secreto.
Todos en el pueblo, se preguntaban quién
podría tener un
corazón tan duro
para hacer algo así. No era una simple caja de
cartón, era su caja
de cartón, la que le regaló su abuelo de
cuando
estuvo en la guerra
de África, llena de recuerdos suyos. Por eso era
tan especial esa
caja.
Pasaron unos días y nadie había
encontrado la caja. Kevin,
cada día y con un
juguete nuevo, se acercaba a su casa y le
preguntaba con risa
maliciosa como la de las hienas:
-¿Aún no la has
encontrado? Pues… ¿qué pena! Y se reía en voz
baja.
Ya
había pasado una semana, y el padre de Mateo, tuvo que ir
a podar todos los
jardines de la casa de Kevin, su padre le había
buscado para ese
trabajo y, buscando en el cuarto de herramientas
de la casa, vio algo
a medio tapar con una manta que le resultó
familiar.
No era
un hombre curioso, pero esta vez, tuvo un mal
presentimiento,
quien tapa algo así, oculta algo.
Se
acercó, lo destapó…y descubrió… ¡la caja de su hijo!
¿Quién la abría
llevado hasta allí? Comenzó a analizar la situación,
empezó a recordar
momentos en los que Kevin se reía de la caja de
su hijo. Y lo
comprendió todo.
Había
sido Kevin, por celos y por envidias, pero ¿por qué,
teniendo el todas
las cosas que quisiera, necesitaba una caja vieja?
Y se le hizo la luz.
Comprendió que lo que buscaba este niño
no era
la caja en realidad,
era la felicidad que le daba esa caja a su hijo.
Quería ser feliz igual que Mateo. ¿De qué le valía tener
tantos
juguetes, si jugaba
siempre solo? Nunca podía estar con sus padres,
nunca hacían cosas
juntos.
Ahora
que ya lo había comprendido todo, tenía que conseguir
que Kevin lo
confesara y dijera la verdad. Mientras trabajaba,
observaba al niño, y
cada vez lo tenía más claro, Kevin, lo que
quería era llamar la
atención de sus padres.
Unos
días después, cuando regresó el padre de Kevin de viaje,
el padre de Mateo
fue ha hablar con él, pues, a pesar de las
diferencias sociales
y económicas en las que se encontraban cada
uno, desde niños
habían sido grandes amigos y compañeros. Le
llamó y le dijo:
-Tengo que hablar
contigo.
-Vale. Ven, vamos a
tomarnos una copa y hablamos, ¿qué te
sucede?
Y el
padre de Mateo le contó todo lo que había sucedido. Se
quedó callado
durante un momento y dijo:
-No te preocupes,
esta misma tarde, tu hijo tendrá la caja, se la
llevará él mismo.
Y se despidieron.
A Kevin le llamó su padre, le estaba
esperando en el salón, y
encima de la mesa, a
su lado, tenía la caja.
Se quedó mudo.
Entonces, su padre le preguntó:
-¿Me puedes explicar
qué hacía esta caja escondida en el cuarto de
las herramientas?
-No.
- Es vieja, así que
la voy a romper, o mejor aún, la quemaré en la
chimenea, porque...
¿no vale para nada verdad?- y se dispuso a
cogerla. Kevin
entonces, al ver la caja cerca de la chimenea, y el
cerillo preparado
para prenderlo, gritó:
-¡No papá!¡No la
rompas por favor!
-¿Por qué no?
-Porque…no es mía.
-¡Qué no es tuya? Y
¿por qué la escondías?
Entonces,
Kevin ya no pudo más y se echó a llorar como un
bebé.
Le
contó a su padre porqué lo hizo y su
padre, lo cogió, lo
abrazó, y dándole un
gran beso, (de esos que suenan), le dijo:
-Ya he captado el mensaje.
Ya no saldré tanto de viaje y jugaremos
más veces juntos.
Pero a cambio, vamos a ir a casa de Mateo, le
darás su caja, le
pedirás perdón, y además, le regalarás el juguete
que mas te gusta,
ese patinete tan especial, o mejor aún, le
compraremos uno para
que así juguéis los dos juntos cuando yo no
esté¿ te parece
bien?
-Pero papá, me da
mucha vergüenza ir allí.
-Yo estaré a tu
lado, tranquilo. Él lo entenderá.
Y, aunque le daba mucha vergüenza, hizo
lo que su padre le
había dicho.
Mateo,
como era tan bueno, le perdonó, y desde ese día,
fueron grandes
amigos. Unos días jugaban con los patinetes, y
otros, con cajas de
cartón inventándose grandes historias de
aventuras donde ellos dos eran los protagonistas.
Kevin,
aprendió la lección.