Por África Mª Sánchez
Su piel era tan blanca, que parecía transparente. Sus ojos, de un azul intenso, como el mismo cielo en un día de verano, y su cabello, rubio como el oro más puro, recién tallado. Cuando sonreía, se le iluminaba toda su cara, y todo el que estaba a su lado, se sentía atraído por esa risa, y esa luz que irradiaba.
Desde pequeña se veía que era distinta a las demás. En sus ratitos de juegos, se iba al campo, se sentaba en el suelo cubierto de una hierba fresca, y cogía flores para su madre.
Un día, los padres, decidieron seguir a la niña, para descubrir en qué se pasaba horas y horas sin aparecer por casa, y sin estar con ninguna amiga de su edad.
La soledad en la que estaba inmersa Marta, les tenía preocupados.
Marta estaba tranquila. Sus padres, la observaban sin que ella les viera. Entonces, se dispuso a hacer lo que hacía cada día, dirigirse hacia su lugar secreto. Ellos, asombrados, permanecieron inmóviles ante lo que estaban viendo.
Parecía que hablaba con alguien pero por mucho que sus padres buscaban con la mirada, no encontraban a nadie, al menos, a nadie lo suficientemente grande como para ellos poder verlos.
Marta, comenzó a andar por un sendero que iba hacia un arroyo. De vez en cuando miraba hacia atrás, para ver si alguien la seguía, y justo cuando pasó por un pequeño puente construido de un tronco de árbol que había caído allí mismo, justo en ese momento, desapareció.
Sus padres corrieron tras ella a toda prisa, pensando en que algo le había sucedido a la pequeña, pero al pasar por ese mismo puente, lo único que vieron eran plantas enormes que cubrían todos los árboles. No podían entrar por ninguna parte, y mientras tanto, Marta, ya estaba en su lugar secreto.
Era un lugar que nadie, excepto ella conocía. Nadie tenía ni la más remota idea de que pudiera existir un lugar así, un lugar tan “FANTÁSTICO”.
De pronto, comenzaron a salir pequeños seres diminutos, de entre los huecos de los árboles, de encima de la copa de los árboles, e incluso de pasadizos subterráneos. Eran muy alegres, y cantaban sin parar.
Al ver a Marta, comenzaron a decirle:
-Hola Marta! ¡Ya te estábamos echando de Menos!
-Hola- les respondió Marta- Es que no he podido despistar a mis padres. Creo que sospechan algo, y tenemos que estar preparados porque el día menos pensado, vienen a visitarnos.
Los pequeños duendecillos le dijeron:
-Marta, este lugar es secreto, no debes decírselo a nadie, porque si los humanos lo descubren, nuestra vida acabará pronto. Nos llevarían a un circo para mostrarnos como “los seres más diminutos del mundo, mundial”, y no nos gustaría nada.
-No os preocupéis, mis padres son distintos, seguro que no dirían nada.
Los duendes no estaban muy conformes, pero como para ellos Marta era especial, no quisieron seguir hablando de ese tema.
Comenzaron a jugar al escondite como hacían cada vez que venía la niña de los cabellos de oro. Claro que para ellos era mucho más fácil esconderse, porque eran muy pequeñitos.
Un día, mientras estaban jugando, oyeron un crujido enorme, y todos se asustaron. Corrieron a refugiarse en una cueva de piedra que estaba cerquita de allí, y esperaron a ver de donde venía tan extraño ruido.
Pasó mucho rato, y de pronto, zaaaaaaas, se cayó el gran árbol de los duendes, en el que celebraban todas sus fiestas especiales.
Todos corrían de un lado para otro sin saber qué hacer, muy asustados, pero Marta, que era una gigante para ellos, corrió para ver lo que sucedía.
Vio el gran árbol arrancado desde la raíz. No se sabe como pasó, pero el caso es que el árbol más antiguo e importante de los duendes, estaba destruido.
Los duendes le preguntaron a Marta:
-¿Y ahora qué hacemos?
Marta se quedó pensando un momento, y les dijo:
-Tengo la solución…pero no sé si os va gustar.
Se miraron unos a otros extrañados, y la invitaron a que siguiera contando la idea que había tenido. Era claro que al gran árbol, no lo podrían volver a poner en su lugar, pero Marta tenía la solución perfecta, y dijo:
-Creo que lo mejor sería que llamara a mis padres para que vengan.
Se formó un corrillo de murmuraciones entre los duendes, hasta que el gran jefe, Miguelius, se decidió a hablar:
-Marta, creo que eso no es muy buena idea. Tú sabes que los humanos no pueden venir aquí.
- Yo soy humana ¿no?- le contestó al gran jefe - Y yo nunca os he hecho nada malo, ni os he asustado, ¿verdad? Entonces, ¿Qué hay de malo en que ahora que necesitáis ayuda, vengan mis padres?
Empezaron a murmurar entre ellos, pero hablaban tan bajito, que Marta ni se enteraba. Cuando de pronto, el gran jefe Miguelius, con su corona, su capa hecha de hojas, y su bastón grande, mandó callar a todos.
-Hemos decidido que tienen razón, necesitamos ayuda. ¿Que es lo que se te ha ocurrido?
-Pueeeeeees…había pensado…que…quizás… podría…venir mi padre…con un… motosierra que tiene en casa.
Todos se asustaron al pensar en aquél motosierra de los humanos que habían oído tantas veces cuando talaban y destrozaban los árboles. Pero Marta les tranquilizó diciéndoles:
-Tranquilos! Mi padre no es de esos, mi padre lo utiliza para podar los árboles más pequeños, para que crezcan más fuertes.
-Vale- le contestó el gran jefe.
Marta se fue corriendo para su casa, y cuando contó a sus padres donde había estado, no se lo creyeron, pero como era muyyyyyyy cabezota, e insistió tanto, al final consiguió convencerles para que la acompañaran.
Al día siguiente, bien temprano, cuando aún el sol estaba dormido, su padre, Luis, preparó en el coche, todo lo necesario: el motosierra, una escalera, cuerdas, unas tijeras grandes de podar… En fin, todo lo que creía que necesitaría.
Mientras tanto, Inés, su madre, preparaba algo de comer en una gran cesta.
Cuando Marta se despertó, ya estaban sus padres con todas las cosas preparadas, el sol ya había comenzado a salir, y Marta, refregándose los ojos, vio todo lo que su madre había preparado, se vistió tan rápido, que ni su madre lo podía creer.
Llegaron al bosque, pasaron por el gran árbol que cruzaba el arroyo, y cuando ya Luis pensaba que su hija le había tomado el pelo, aparecieron de entre los arbustos, los huecos de los árboles y las raíces, todos los seres diminutos que Marta les había descrito.
No se lo podía creer, ¡eran de verdad! Luis e Inés se sentían como Gulliver en el país de Liliput.
Miguelius, el gran jefe de los duendes, le agradeció su ayuda.
Luis, con la ayuda de todos, logró cortar el gran árbol caído en trozos, de manera que de ellos, quedaron pequeñas casitas, que les serviría para poder vivir en ellas, y mientras tanto , Inés, junto con Marta, prepararon toda la comida en una manta en el suelo.
Les supo a poco la comida, porque como eran tantos, en un momento se comieron todas las cosas ricas que había traído su madre.
Acabaron el día con una gran fiesta en honor de Marta y de sus padres.
Bailaron y cantaron todos hasta el amanecer.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Color de ilustración:
