Su piel era tan blanca, que parecía transparente. Sus ojos, de un azul intenso, como el mismo cielo en un día de verano, y su cabello, rubio como el oro más puro, recién tallado. Cuando sonreía, se le iluminaba toda su cara, y todo el que estaba a su lado, se sentía atraído por esa risa, y esa luz que irradiaba.
Desde pequeña se veía que era distinta a las demás. Sus ratitos de juegos, se iba al campo, se sentaba en el suelo cubierto de una hierba fresca, y cogía flores para su madre.
Un día, los padres, decidieron seguir a la niña, para descubrir en qué se pasaba horas y horas sin aparecer por casa, y sin estar con ninguna amiga de su edad.
La soledad en la que estaba inmersa Marta, les tenía preocupados.
Marta estaba tranquila. Sus padres, la observaban sin que ella les viera. Entonces, se dispuso a hacer lo que hacía cada día, dirigirse hacia su lugar secreto. Ellos, asombrados, permanecieron inmóviles ante lo que estaban viendo....
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