martes, 22 de noviembre de 2016


De este cuento que os presento a continuación, hace unos años, lo representaron en teatro siendo las protagonistas todas mujeres. 
Una hermosa historia donde se demuestra que no es mas rico quien mas tiene, sino quien menos necesita. Espero que os guste y que pongáis alguna opinión sobre ello.



LA CAJA DE CARTÓN


Había una vez un niño tan pobre tan pobre, que ni siquiera

tenía un juguete con el que pasar su tiempo. Pero a el, no le

importaba.

Se distraía siempre con una caja de cartón que encontró un

día con unos colores muy vivos y alegres. A veces, la caja de

convertía en un coche, otras en un cofre del tesoro, incluso, a

veces, era su caja secreta. Cada vez que jugaba con ella, se

convertía en algo distinto.


Siempre se conformaba con lo que tenía, se sentía feliz a

pesar de vivir en una familia tan pobre.

Justo al otro lado de la calle, vivía un niño muyyyyy envidioso,

y al revés que Mateo, éste cada día tenía un juguete nuevo, y cada

día, su única alegría era pensar cómo conseguiría hacer rabiar a

Mateo, su nombre Kevin.

Un día Mateo, estaba tranquilamente jugando con su caja de

cartón a la puerta de su casa, cuando pasó por delante Kevin con un

hermoso patinete último modelo, el mismo que salía en la tele; 

paró delante de él y le dijo:

-¡Mira qué patinete más chulo!... ¡Me lo ha regalado mi

padre!..¡Mira, miraaaa!

Y Mateo miró, pero inmediatamente, siguió jugando con su
caja.

Kevin, molesto, le volvió a decir:

-¡Mateo! ¡Que mires te digo!

Y volvió a mirarle, sin dejar de coger su caja, y le dijo:

-Sí es muy chula- Y volvió a jugar a los coches con su caja.

        Kevin, cada vez se estaba enfadando más, hasta se iba

poniendo colorado de rabia, porque el lo que quería era darle

envidia, y no lo conseguía.  El no entendía como Mateo se

conformaba sólo con una caja de cartón, y encima ¡se le veía feliz!,

eso sí que no lo entendía. Así que como no conseguía su propósito,

se marchaba a su casa muyyyyyy enfadado.

        Cuando estaba acostado, Kevin no paraba de darle vueltas y

vueltas a la cabeza pensando en qué podría hacer para enfadar a

Mateo, y no se le ocurría nada… al menos por ahora.

        Los días iban pasando, y cada uno de ellos, Kevin volvía a

pasar por delante de la casa de Mateo, le volvía a  obligar a que le

mirara, y al no conseguir darle envidia, se iba nuevamente a su casa

aún más enfadado que el día anterior, y todas las noches, volvía a

pensar en qué podría hacer para ver enfadado a Mateo. Hasta que

una noche, se le ocurrió una idea, ¡ya lo tenía! Iba a idear un plan

para llevarlo a cabo…lo haría al llegar el fin de semana.

Ese fin de semana, eran las fiestas del pueblo, vendría mucha

gente forastera, y si sucediera algo, le echarían las culpas a ellos y

no a los del pueblo. Se sentía contento pensando en la cara que se

le quedaría a Mateo cuando le hiciera eso que llevaba tantos días,

meses, incluso un par de años esperando.

        Toda la gente del pueblo se encontraba en el Paseo, era la

carrera de sacos del año. Padres e hijos jugaban en equipo, como

en una carreta de relevos. Mateo, participaba junto con su padre,

pero Kevin, no tenía allí a su padre, estaba en viaje de negocios.

El momento esperado se acercaba. Desde una esquina,

observaba como Mateo y su padre, se divertían juntos, cómo hacían

cosas juntos y se reían y abrazaban gritando de felicidad.

Él, en cambio,,

estaba solo, como siempre; su padre de viaje, su madre, tomando el

sol en la piscina de su casa, y él, solo.

Se deslizaba sigilosamente entre la gente hasta que

desapareció. Fue directamente hacia la casa de Mateo, ocultándose

detrás de cada farola, de cada arbusto, de cada planta para que

nadie le viera y, con mucho cuidado, entró en la casa, se fue directo

a la habitación de Mateo, sabía que la tenía allí. Cogió la caja y se la

llevó para esconderla en un lugar seguro.

Se sentía feliz por lo que había hecho, y aún más feliz cuando

pensaba en la cara que pondría al ver que su “caja” de cartón no

estaba.

Iba atardeciendo, las farolas de las calles ya alumbraban

brillantes entre banderines y farolillos. Acabaron las carreras de

sacos, y los ganadores fueron el equipo de Mateo y su padre. Ya

volvían a casa a hombros de su padre, su madre, portando el trofeo

de los ganadores. Saltaban y cantaban por el camino, cuando de

pronto, al llegar a la entrada de la casa, la madre de Mateo, notó

que alguien había estado allí, porque habían roto una maceta, y al

pisar la tierra, habían dejado huellas por los escalones de la entrada

y dijo:


-¡Mirad! ¿Quién habrá estado aquí?

        Se miraron unos a otros, y el padre, cogió un gran palo de

madera, dándole la vuelta a la casa, para ver si era un ladrón el que

había estado allí. Vio como la ventana de atrás estaba abierta.

        Entraron todos en la casa. Primero el padre, con el palo en la

mano, detrás la madre y de la mano, sujetaba a Mateo. Miraron

todo con mucho cuidado por si faltaba algo de lo poco que tenían.

La madre entonces, se acercó al bote de lata que guardaba en un

estante de la cocina, lo cogió, lo miró y suspirando dijo:

-No falta nada, menos mal.

        Se refería al dinero que poco a poco iban ahorrando para

poderle comprar el traje de comunión a su hijo. Pero mateo, fue a

su dormitorio y encima de la cama no había nada. ¡Había

desaparecido! Llamó a sus padres llorando:

-¡Papá, mamá, venid corriendo!

-¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas de esa manera?

-No está.

-¡El qué no está?

-Mi caja. No está, alguien se la ha llevado- y se echó a llorar.

        ¿Quién habría sido capaz de hacer algo así? Todos en el

pueblo sabían que para Mateo, esa caja era especial, y a nadie se le

ocurriría quitársela.

        Los padres de Mateo, salieron a buscarla por todo el pueblo, y

con toda la gente que se encontraban, le preguntaban si la habían

visto, pero nada, nadie había visto la caja. La gente que se iban

encontrando, se iban agregando al grupo para buscarla.

        Kevin estaba escondido en su casa, riéndose por lo que había

hecho, y de pronto, llamaron a la puerta.

Eran Mateo y sus padres, detrás, mucha gente.

-¿Tú has visto mi caja?- le preguntó Mateo.

-No, ¿por qué?

-Porque alguien ha entrado en mi casa y se la ha llevado.

-Y ¿quién querría una simple caja de cartón? No sé porqué venís a

mi casa a molestarme. Yo no tengo cosas viejas, todo es nuevo.

        Y se fueron muy tristes. Kevin entonces pensaba:

-Jamás la encontrarán, está en un lugar bien secreto.

        Todos en el pueblo, se preguntaban quién podría tener un

corazón tan duro para hacer algo así. No era una simple caja de

cartón, era su caja de cartón, la que le regaló su abuelo de  cuando

estuvo en la guerra de África, llena de recuerdos suyos. Por eso era

tan especial esa caja.
       
        Pasaron unos días y nadie había encontrado la caja. Kevin,
cada día y con un juguete nuevo, se acercaba a su casa y le

preguntaba con risa maliciosa como la de las hienas:

-¿Aún no la has encontrado? Pues… ¿qué pena! Y se reía en voz

baja.

Ya había pasado una semana, y el padre de Mateo, tuvo que ir

a podar todos los jardines de la casa de Kevin, su padre le había

buscado para ese trabajo y, buscando en el cuarto de herramientas

de la casa, vio algo a medio tapar con una manta que le resultó

familiar.

No era un hombre curioso, pero esta vez, tuvo un mal

presentimiento, quien tapa algo así, oculta algo.

Se acercó, lo destapó…y descubrió… ¡la caja de su hijo!

¿Quién la abría llevado hasta allí? Comenzó a analizar la situación,

empezó a recordar momentos en los que Kevin se reía de la caja de

su hijo. Y lo comprendió todo.

Había sido Kevin, por celos y por envidias, pero ¿por qué,

teniendo el todas las cosas que quisiera, necesitaba una caja vieja?

Y se le hizo la luz. Comprendió que lo que buscaba este niño  no era

la caja en realidad, era la felicidad que le daba esa caja a su hijo.

Quería ser  feliz igual que Mateo. ¿De qué le valía tener tantos

juguetes, si jugaba siempre solo? Nunca podía estar con sus padres,

nunca hacían cosas juntos.

Ahora que ya lo había comprendido todo, tenía que conseguir

que Kevin lo confesara y dijera la verdad. Mientras trabajaba,

observaba al niño, y cada vez lo tenía más claro, Kevin, lo que

quería era llamar la atención de sus padres.

Unos días después, cuando regresó el padre de Kevin de viaje,

el padre de Mateo fue ha hablar con él, pues, a pesar de las

diferencias sociales y económicas en las que se encontraban cada

uno, desde niños habían sido grandes amigos y compañeros. Le

llamó y le dijo:

-Tengo que hablar contigo.

-Vale. Ven, vamos a tomarnos una copa y hablamos, ¿qué te

sucede?

Y el padre de Mateo le contó todo lo que había sucedido. Se

quedó callado durante un momento y dijo:

-No te preocupes, esta misma tarde, tu hijo tendrá la caja, se la

llevará él mismo.

Y se despidieron.

        A Kevin le llamó su padre, le estaba esperando en el salón, y

encima de la mesa, a su lado, tenía la caja.

Se quedó mudo. Entonces, su padre le preguntó:

-¿Me puedes explicar qué hacía esta caja escondida en el cuarto de

las herramientas?

-No.

- Es vieja, así que la voy a romper, o mejor aún, la quemaré en la

chimenea, porque... ¿no vale para nada verdad?- y se dispuso a

cogerla. Kevin entonces, al ver la caja cerca de la chimenea, y el

cerillo preparado para prenderlo, gritó:

-¡No papá!¡No la rompas por favor!

-¿Por qué no?

-Porque…no es mía.

-¡Qué no es tuya? Y ¿por qué la escondías?

Entonces, Kevin ya no pudo más y se echó a llorar como un

bebé.

Le contó  a su padre porqué lo hizo y su padre, lo cogió, lo

abrazó, y dándole un gran beso, (de esos que suenan), le dijo:

-Ya he captado el mensaje. Ya no saldré tanto de viaje y jugaremos

más veces juntos. Pero a cambio, vamos a ir a casa de Mateo, le

darás su caja, le pedirás perdón, y además, le regalarás el juguete

que mas te gusta, ese patinete tan especial, o mejor aún, le

compraremos uno para que así juguéis los dos juntos cuando yo no
esté¿ te parece bien?

-Pero papá, me da mucha vergüenza ir allí.

-Yo estaré a tu lado, tranquilo. Él lo entenderá.

        Y, aunque le daba mucha vergüenza, hizo lo que su padre le

había dicho.

Mateo, como era tan bueno, le perdonó, y desde ese día,

fueron grandes amigos. Unos días jugaban con los patinetes, y

otros, con cajas de cartón inventándose grandes historias de

aventuras donde   ellos dos eran los protagonistas.

Kevin, aprendió la lección.

                                                                      






De este cuento que os presento a continuación, hace unos años, lo representaron en teatro siendo las protagonistas todas mujeres.  Una ...